lunes, 4 de octubre de 2021

NO, VENGA VA.. EN SERIO. NO OS RIAIS: .... RESEÑA DE LA PELÍCULA DUNE (2021)

 

La película me ha sorprendido y me ha gustado mucho.


No me esperaba este soplo de aire fresco que ha venido a acompañar a otros títulos recientes que también me gustan mucho como Oblivión en la evidente revitalización del género de la Ciencia Ficción a la que asistimos desde hace unos años. Un género del que no hablamos lo suficiente por más que sea uno de nuestros favoritos.


Obra de un director del que a pesar de todo lo que sobre él ya se ha dicho y escrito sigue habiendo mucho que decir, DUNE (1921) retoma la obra del mismo título de 1965 de Frank Herbert  que inaugurara una nueva visión de la Ciencia Ficción caracterizada por la economía; La de personajes, subtramas, nomenclaturas, duración, etc. 

Una capacidad de síntesis proverbial que aporta una claridad argumental que luego sería copiada y tendría tanta influencia en obras posteriores como “Juego de Tronos” o la saga de “Star Wars”, claros deudores de la visión de Herbert, auténtico pionero de la ciencia ficción moderna (aunque haya quien haya querido ver en su obra reminiscencias de Julio Verne o incluso se le haya acusado de mero seguidismo de su obra).


Llevada a la pantalla con notable éxito que la convirtió en película de culto, por David Lynch en 1984, es ahora retomada con una nueva mirada completamente original e innovadora por Villeneuve, quien en nada se deja guiar por su predecesor sino que aporta un lenguaje propio nuevo y parte del principio sin aceptar herencias y sin usar nada de lo que le ha antecedido.


La película es así es un ejercicio de claridad de guion fácil de seguir en todo momento.

De las tres horas y veinte minutos que la componen no sobra nada. Tiene el metraje exacto. Ni un minuto más del necesario, ni uno menos. Y sin embargo el espectador sigue sentado en la butaca acabada la proyección como queriendo más.


Los personajes se suceden con fluidez resultando sencillo ubicarlos en la trama de manera natural, casi instintiva, como se colocan en las baldas de un armario los libros por colores. Los distintos linajes permiten esto. Y ello es gracias a un talento literario privilegiado que elige e inventa nombres y terminología huyendo del barroquismo en aras de la limpieza de la historia, del seguimiento por el espectador y de la comprensión sencilla de la trama que es su característica principal.


También una escenografía comedida y un uso adecuado y sin exageraciones de los efectos especiales ayudan a ese continuo fluir del argumento. La espectacularidad visual, la banda sonora no invasiva y el gigantismo monumentalista que permiten los efectos digitales, apenas se notan y están siempre al servicio de unas grandes actuaciones. Y sin embargo logra no caer en el ejercicio de recreo meramente estético de su fotografía.


Nunca se subrayará lo suficiente lo revolucionario de la concepción literaria de la obra originaria de Herbert, ni su influencia posterior en la Ciencia Ficción que estaría luego por venir tras él. Le debe hasta el punto de no entenderse sin su influencia. El director canadiense lo sabe y reverencia al autor al que lleva a la pantalla con maestría de aprendiz aventajado mimando el producto. Se puede decir que ambos mundos, el literario y el cinematográfico, se complementan en esta conjunción que es DUNE (2021), en la que se ha logrado sin duda captar la esencia misma de la saga: línea argumental clara, pocos personajes pero bien esbozados y perfilados psicológicamente y lenguaje comprensible que permite en todo momento situar la escena en la historia general.


Aprovecha para ello los recursos que le brinda ya el escritor en la obra original y que traslada con acierto al guion y a imágenes en movimiento. Recursos de grandísima talla literaria como la invención de unos pocos nombres en lenguajes inventados; familias, lugares.. en fonética musical y pegadiza. Un truco (tachado por sus enemigos de recurso de literatura infantil con lo que no estamos de acuerdo) que también usarían luego cineastas como Kubrick en su Naranja Mecánica, el mismo Lucas con los Jedis o escritores de menor nivel y calidad como Tolkien en su mundo creado de cero. Todo ello nos habla de un escritor con mayúsculas que es conocido en el mundo entero y forma ya parte del parnaso de autores de los que se puede decir sin duda que han inventado un género nuevo.


Villeneuve acierta también incluyendo en algunos planos y giros argumentales, homenajes intencionados a obras maestras de la historia del cine. Sus detractores malpensados y maledicentes no han dudado en entenderlos como “apropiaciones” o  incluso “copias” y “plagios” descarados sin razón alguna. Así, por ejemplo, hay quien ha sostenido que una trama que se basa en un planeta desértico que revivirá cuando se active el agua de su interior ya se lo ha leído antes a Philip K. Dick en "Podemos recordarlo por usted" (que daría lugar a "Desafío Total" en el cine años más tarde) y que  la escena en que el barón Harkonnen se acaricia en primer plano la calva recuerda demasiado a la de Brando en Apocalypse Now. Casualidad o, a lo sumo, tributo al maestro. Si fuera lo contrario lo mismo podría decirse del plano de la salida de la cabeza de la bañera de barro con su similitud con la salida de la de Martin Sheen del rio camboyano, pero sostener eso ya denotaría inquina por parte de sus críticos o cierta fijación con esa cinta por parte del canadiense. Dicen otros que la escena casi final (atención spoiler) del grupo en fila por el desierto llevando el cadáver amortajado tiene grandes similitudes con una parecida en Gladiator cuando él va herido tumbado y transportado en la caravana, pero eso es ya ver lo que no hay. Otros han comentado que el recurso de que una voz, solo audible por el protagonista y los espectadores, susurre a un piloto en su cabeza sugiriéndole que en una situación de estrés en combate simplemente se deje llevar por el instinto, les recuerda a algo. Sin caer en la cuenta de que Obi wan Kennobi y Luke Skywalker atacando la estrella de la muerte son personajes 12 años posteriores a la novela (Si bien 44 anteriores a esta película).


Es evidente, para el cinéfilo avisado y el experto, que los miles de cliffhungers y escopetas de Chejov que el director va repartiendo por el argumento sin que signifiquen nada de momento (el cuchillo de la dama de llaves entregado a la madre, el hecho de que sin que signifique nada muera la misma ama de llaves, el de que las visiones no se cumplan sino al contrario se desarrollen luego en otra dirección distinta a la pre-vista por el protagonista, etc.) son recursos de genio a los que los simples mortales no acertamos a ver sentido hasta que se vean resueltos de alguna manera en las siguientes entregas. O no. ¿Cabria mayor genialidad que la de dejar cerrados en falso todos estos lazos lanzados ahora sin visos de solución?

 

Quien ve en esta película solamente un “Juego de tronos” con monos de motociclismo de la época de Ángel Nieto es que no ha entendido nada del universo DUNE. Un auténtico creador de mundos literarios y lenguajes así como “influencer” en todo un género posterior, lo que se ha venido en llamar Sci-Fi “Vintage”. Un género que integra con absoluta naturalidad que la escena se desarrolle en el 10191 y sin embargo la forma de resolver las cuitas sea en el cuerpo a cuerpo, a navajazos como Curro Jiménez. O que las cosas haya que hacerlas en persona como la entrega de poderes del emperador al Duque comunicándole el relevo del mando en Arrakis de boca de su delegado quien, no te lo pierdas, lee un papiro desenrollable sobre el que la forma de firmar es el lacre del sello. O que para documentarse se usen cañones de proyección como los actuales. Sin que nada ello sin embargo rechine a nadie ni menoscabe la consistencia, coherencia y credibilidad de la historia.


Ante la abrumadora calidad de la obra el espectador perdona pequeñas incongruencias como que el calor sobre Arrakis sea en unas escenas insoportable y en otras no, o que los Harkonnen tengan que extraer la especia de noche pero los Atreides puedan hacerlo de día, que haya una forma de andar para no atraer a los gusanos pero todo el mundo pasee normalmente por el desierto sin problema, o que un personaje diga cosas como “Soy una fremen, no te preocupes por mí, el desierto es mi hogar” en muestra de su absoluta confianza en sí misma y en sus habilidades en el medio.. y a la escena siguiente resulte muerta con facilidad por no haberse sabido esconder bien. Son todas ellas cuestiones menores que quedan en nada, empequeñecidas ante la atención al detalle que hace de este guion uno redondo, de hierro.


En tiempos como estos se agradece la sutileza que esta cinta demuestra. Claro ejemplo de ello, a modo de pincelada, la escena de la ejecución de los prisioneros en el patio arrodillados en hilera y que no recuerda en absoluto las de los Talibanes. 


Una película, en fin, espectacular, monumental, gigantesca e hiperbólica (entiéndase referidos estos adjetivos a su calidad, no como ataque a un supuesto defecto visual por exageración fálica que haría del autor carne de diván de psicoanalista -enormes glandes horadando Arrakis-).

 

Lo dicho; Perfecto ejemplo de como un tratamiento sobrio es garantía de maestría tras la cámara. De que presumir la inteligencia del destinatario, no dárselo todo mascado, aclarar sólo lo que es necesario (que en esta cinta es poco), usar con soltura de la elipsis y del lenguaje sintético del cine, no ser sobrecargante en el uso de los recursos y medios.. son siempre rasgos de dirección agradecidos por el espectador.


Ya estamos deseando ardientemente las nuevas entregas.


Guía pare ver DUNE sin perderse:


DUNE: Juego de tronos pero todo a escala en grande, en el futuro, sin dragones y con tubos en la nariz. Mundo en el que a pesar de suceder los hechos en el chorropotocientos mil después de Cristo la peña sigue teniéndose que matar a navajazos como si fuera Curro Jiménez en las dunas de Doñana, y en el que el escritor de las novelas se partía él solo el culo con los nombres que se inventaba para las cosas.


Garlaukas: Tropas imperiales compuestas por clones de un famoso jugador de baloncesto.


Baron Harkonnen: Jabba el Kurtz. Baboso, gordo, seboso repelente y grasiento líder de los malos cruce de Jabba el Hut, el Coronel Kurtz y Santa Teresa (por lo de la capacidad de levitar)


Atreides: Casa de.. Linaje supermegapoderoso al frente del que está un tío que se llama Leto (que es duque eso si, pero no me jodas tú, que nombrecito para un megalider), .. claro que su descendiente se llama Paul …


Arrakis: Decorado de planeta Tatooine aprovechado para esta otra.


Emperador: personaje que controla el universo en la saga Star Wars y ya también sale en otras sagas  para aprovechar sinergias.


Mahdi: “El elegido”, “el Mesías”.. original personaje que sale en Matrix y otras cien mil. La esperanza del universo que lo es sin que él lo supiera. Muy innovador.


Desse yeserins (o algo así); La hermandad de las suegras: orden de brujas-monjas rollo templarios pero en tías a las que viste su enemigo y que han poblado la historia del cine. Ya las vimos en Excálibur. Rollo viudas calladas con vestidos rozagantes incomodísimos y peinetas exageradas que son las que en realidad, a la chita callando mandan en el cosmos. Como en la vida real vamos.


Fremen: Son los bandidos Tusken de Star Wars vestidos con una partida de monos de Ángel Nieto que sobró de otra peli. Entre las dos acabaron con las existencias de gasas y tela de saco.


Especia: Puta arena


Qüiser jaderan (o algo así): Juego que se juega montados sobre una escoba y consiste en meter una bola con alas por un aro en Hogwarts. Para su segunda acepción ver Mahdi.


De nada.

   Y ya (ahora ya sí os podéis reír)

lunes, 13 de septiembre de 2021

ASEPSIA

El ciudadano asistió al concierto de rock. Vestía sus prendas protectoras. Los asientos estaban dispuestos por parejas. Entre cada pareja había un metro y medio de distancia. La medida preceptiva. La burbuja aséptica. Vigilantes armados garantizaban el cumplimiento de las pautas. Azafatas solícitas se movían entre las filas de asientos. En las grandes pantallas el cantante gesticulaba. Nadie más lo hacía. El público sentado disfrutaba tranquilo de la actuación rockera. Nadie hablaba. Nadie se tocaba. Nadie se movía en exceso para respetar la norma de los espacios individualizados. Su disfrute se manifestaba en aprobación moderada. En un momento dado el cantante pidió su colaboración y varios de ellos alzaron sus luces de bolsillo al compás oscilante de los brazos. Sin excesiva emoción.

Tras el concierto salió de manera ordenada y en silencio, como todos los demás asistentes. El grupo se dirigía al embudo que era el acceso cuidando las distancias, evitando tocarse y casi ni siquiera mirarse. No habrían podido reconocerse tras las prendas protectoras. Desde allí fue al puesto cercano de alimentación inmediata. No tenía que tocar la puerta. Se abría sola al detectar su presencia. Las grandes pantallas táctiles alineadas en el interior ofrecían imágenes idealizadas y jugosas de los productos. De entre ellas el ciudadano eligió los que deseaba ingerir. No era necesario el contacto humano. Abonó pasando su tarjeta crediticia sobre la interfaz que le identificó y asumió la deuda generada. Luego ordenadamente esperó en la fila guardando la distancia preceptiva con los comensales anterior y siguiente. Operarios eficaces y callados seleccionaban los productos alimenticios de hileras que se iban llenando de paquetes envueltos según eran producidos. Los alimentos empaquetados caían rodando de alguna parte tras los metálicos estantes. Depositados en bandejas asépticas los técnicos recitaban aburridos números tras una pantalla de plexiglas transparente. El ciudadano se acercó a por su pedido al oír la cifra identificativa que la máquina le había asignado. Luego se dirigió a uno de los cubículos e ingirió los elementos alimenticios empaquetados.

El aviso de la hora de cierre de los establecimientos se oyó por la megafonía, acabó y se dirigió a la salida.

....

Si me lo dicen hace diez años no me lo creo.

Y ya


sábado, 11 de septiembre de 2021

EL COFRE VERTICAL

 

Al contrario que mi padre yo nunca fui un lector empedernido, pero, como hijo único, al fallecer heredé su biblioteca. Por ello durante años nunca la hice caso. Me limité a vivir en aquella casa, mi casa ahora, y a limpiar el polvo de los libros de cuando en cuando. Nunca tuve necesidad de ojearlos o abrirlos. Eran sólo decoración.

Luego a la casa llegó Ana, con quien compartía esa cierta desafección hacia la lectura y las ganas de formar juntos una familia. Así que después vino Andrés, y Jorge más tarde. 

Andrés creció y se hizo un adolescente brillante, inteligente y curioso. Un buen día a sus once años posó la mirada sobre aquella biblioteca de una manera que nunca la había mirado. Yo estaba allí y puedo describir el momento exacto pues me fijé al llamarme la atención su comportamiento. Lentamente se levantó del sofá y se dirigió al mueble en el que descansaban todos aquellos libros desde hacía décadas sin que nadie los tocara salvo para limpiar de polvo sus lomos. Giró la cabeza para leer los títulos, luego alargó su brazo, me miró pidiendo permiso, y al asentir yo, tomó uno de aquellos tomos y se lo llevó donde estaba.

Al cabo de unos minutos su gesto volvió a sorprenderme. Al pasar las páginas de entre ellas recogió algo que había allí. Una pluma brotó entre sus dedos. Una pluma hermosa de pálidos colores. De ella pendía una tarjetita minúscula colgante de un hilo como las usadas para clasificar viejos ejemplares en los museos. Andrés la miraba fascinado y me miró a su vez con una interrogación en los ojos. No sabía qué contestarle. Me aproximé y compartimos durante unos segundos la extrañeza. En la pequeña cartulina se leía por un lado una fecha y en su envés rezaba escrito a mano con letra de hormiga "Este día fui feliz. Mi mejor amigo salió del coma tras el accidente".

La curiosidad quedó en mera anécdota durante unos días. Lo comentamos en la comida y nos olvidamos hasta pasadas las jornadas, cuando Andrés acabó la novela y la dejó en su estante de vuelta dándolo relevo por la siguiente. Porque de las páginas centrales del nuevo libro esta vez cayó algo al suelo al manipularlo. Se trataba de un calendario de 1959. Uno de publicidad de una tienda de pinturas cuyo único espacio en blanco estaba ocupado por la letra de mi padre. "Hoy 23 de abril de 1959 he conocido a la mujer que será mi esposa".

Aquello nos hizo pensar lógicamente que había más de un recuerdo de mi padre en aquellos libros. 

Durante aquel verano la familia adoptó, como hobbie y curiosidad al principio, como pasión luego y como aglutinante familiar emocional finalmente, la sagrada misión de buscar en aquellos cientos de libros cada uno de esos recuerdos. Porque efectivamente en cada libro había al menos uno. A veces era dinero, en ocasiones facturas o tickets, entradas de cine, meras cartulinas, recortes de prensa, billetes de tren, pasajes de avión, postales y cartas,.. Pero en todos ellos, invariablemente, mi padre había escrito un recuerdo feliz que así se había conservado cuidadosamente, casi en secreto, en espera de que Andrés un día descubriera el tesoro. 

Mientras lo hacíamos nos inventamos un juego; Éramos piratas en busca de un tesoro y cada vez que alguno de nosotros encontrábamos un nuevo detalle escondido entre las páginas de uno de los libros cantábamos a voz en grito juntos "Jo, jo, jo.. la botella del ron." Hablábamos con términos marineros de abordajes y garfios. Llegamos a disfrazarnos en alguna ocasión para hacerlo más divertido.

Cuando acabó el verano teníamos ante nosotros, esparcidos por la alfombra del salón, sobre las mesas y el alfeizar de la ventana cientos de aquellos recuerdos. Así nos dimos cuenta de que mi padre había estado haciendo aquello cada día de su vida. Recopilando recuerdos felices a razón de uno diario. No estaban ordenados de ningún modo. No había razón lógica para la distribución por mucho que lo intentáramos entender. No se trataba de los temas, ni de la paginación. No había relación entre la fecha y el tomo en que se había enterrado. Mi padre simplemente había usado sus libros como almacén de recuerdos aleatoriamente. En aquellas páginas había una vida entera. Y había sido una vida feliz a la vista de la gran cantidad de recuerdos hermosos que había ante nuestros ojos. La repasamos juntos durante esos días. Nos emocionamos a menudo sentados en círculo en el suelo rodeados de libros y objetos que ordenábamos cronológicamente tratando de reconstruir sus días, sentimientos y vivencias. Luego, al acabar, con respeto devolvimos cada recuerdo a su página y cada libro a su balda en espera de que en el futuro alguien volviera a paladear el placer que nosotros habíamos sentido abriendo aquel cofre del muerto, aquel baúl del tesoro.

Y ya.



viernes, 10 de septiembre de 2021

EL INTERVALO LÚCIDO

 (Borrador para un cuento)


Basil era un intelectual de la muerte, un estudioso del fin de la existencia y un profesional competente en su trabajo. El Estado le había confiado la honrosa tarea de acabar con los peores criminales y se aprestaba a sus funciones con dedicación. Años atrás, cuando había tenido que salir de su país, había decidido cambiar la grafía de su nombre para hacerlo más cómodo a sus nuevos compañeros de la noche bohemia parisina. De este modo Vasily se convirtió en Basil.

Siempre le había fascinado la forma en que la vida se termina, y de entre todas las cosas que rodean esos momentos especialmente le interesaban las relativos a su duración. Daba por sentado que todo aquello que le habían contado de niño acerca de rápidas ejecuciones sin sufrimiento eran meros eufemismos piadosos para no torturar la mente infantil. Nunca creyó que de verdad su abuelo falleciera sin dolor y de manera inmediata cuando lo fusilaron. Estaba seguro de que esas personas sufrían durante sus últimos momentos en una extraña conciencia doliente de que se estaban yendo para siempre. Con el tiempo trasladó tal pensamiento a todos los moribundos fuera cual fuera la forma de su muerte. Ni los quemados en la hoguera morían antes asfixiados que abrasados, ni quién caía desde una gran altura perdía el conocimiento antes de golpear contra el suelo. Estaba seguro de que sabían lo que les sucedía. Y se preguntaba cuanto duraba ese periodo. Nadie se iba como en las obras de teatro, en la guerra había visto morir a muchos y sabía que era aquel un proceso lento.

Desde que era consciente se venía preguntando cuánto duraban los últimos estertores agónicos de un ahogado y lo que tardaba en dejar de pararse el corazón de un ahorcado. De manera casi obsesiva leía sobre ejecuciones para ilustrarse y mejorar en su oficio. Había sentido especial admiración por la guillotina hasta enterarse de los experimentos del Doctor Beaurieux que demostraron que los reos condenados seguían conscientes durante casi medio minuto desde que era separada del tronco su cabeza.

Y sobre todo se preguntaba por la consciencia en esos segundos finales. ¿Sentirían igual quienes morían? ¿Qué les daría tiempo a pensar en ese tiempo? ¿Era miedo lo que acompañaba a todos ellos al final? ¿Les alcanzaba para despedirse? ¿Para ponerse a bien con su Dios y limpiar sus almas?

Leía ansioso todo lo que sobre el particular caía en sus manos con la piadosa intención de aplicarlo luego en el cadalso con sus clientes. Relatos de pestañeos post mortem, anécdotas y sucedidos más o menos creíbles, macabros o rocambolescos sobre miradas asombrada desde las puertas del más allá a sus verdugos, etcétera.

..continuará.

(Casi dos años después encuentro este texto de Dul Pérez Paredes en Internet que complementa al mío: 

"Ricky tenía el hábito de obsesionarse con mierda de lo más rara. Su última obsesión fue tan jodida que al principio no pude asimilarla. Parece ser que los historiadores omitieron un efecto temporal de la decapitación: después de la separación de su cuerpo, el decapitado puede escuchar, ver, hacer expresiones faciales y comunicarse.

Ricky se obsesionó tanto con ese descubrimiento que investigó a profundidad el fenómeno, citando con frecuencia un estudio hecho con ratones que demostraba que las ratas decapitadas permanecían conscientes por un máximo de cuatro minutos.
La muerte de Ricky fueron los cuatro minutos más desgarradores y extrañamente reveladores de mi vida.
Comenzó el día que llegué a su casa de estilo ranchero. Lo que menos esperaba era que sería el último día de su vida, o nuestro último día juntos. Cuando me condujo a su garaje y me mostró la guillotina improvisada que había construido expertamente, supe que, para Ricky, no había vuelta atrás.
—Tú no tienes que hacer un carajo, ¿okay? Se impulsa cuando jalo esta palanca —La cual jaló, dejando caer la pesada cuchilla diagonal sobre la base semicircular, y desatando una corriente eléctrica fría por mi columna—. Lo único que debes hacer es sentarte y observar.
—Ni mierda.
Me di la vuelta para irme. Cuando estaba en la puerta del garaje, Ricky dijo la única cosa que importaba, y con tanta desolación en su voz, que me congelé.
—No quiero morir solo. Eres la única persona que me queda.
Y tenía razón. Su madre y su padre habían muerto cuando Ricky estaba en la universidad. No tenía hermanos y su fiel sabueso falleció un mes atrás, lo cual significaba que yo realmente era su único amigo.
—Te puedes sentar ahí y… simplemente estar aquí, para no dejarme solo, y luego te puedes ir y nadie lo sabrá.
—¿Y luego qué, Ricky?
—Es simple. Un parpadeo para decir que sí, dos para decir que no. Y, por si acaso, abrir mi boca significa que lo que veo o siento es jodidamente increíble.
Me quedé sin palabras, y la idea de que perdería a mi amigo esa tarde me sobrecogió. Mi cuerpo se estremeció con un dolor profundo que nunca había sentido antes. Luego alcé la mirada y vi que Ricky estaba sonriendo. Estaba feliz.
—Hazme preguntas de sí o no, háblame y pregunta lo que quieras. Esta es una oportunidad muy inusual; es algo que realmente necesito saber. En todos los experimentos que he leído, dicen que tendré hasta cuatro minutos después de la separación, así que pregúntame si me duele, pregúntame si veo una luz blanca o putos ángeles o si sé el secreto de la vida y el universo.
—Ay, Dios, Ricky. ¿Separación? Hombre, esto está mal.
Ricky agachó la mirada y asintió. Luego me vio de nuevo y esta vez había lágrimas en sus ojos, y comprendí que tenía que ayudar a mi amigo, sin importar cuán jodido fuera el asunto.
Nos sentamos por un tiempo en ese garaje antes de la muerte de Ricky. Él había hecho todas las preparaciones. Lo había planeado todo, hasta el lugar en donde aterrizaría su cabeza: en la antigua cama de Rukus, su perro. Rukus, el perro que había sido su único otro amigo.
Ricky arrimaría su cabeza en la guillotina viendo a la derecha, como si estuviera acostado de lado en una cama. Yo me sentaría frente a él para comunicarnos.
—¿Sabes? Mi vida fue mejor por ti. Nunca te lo dije. Me da pena, y no soy bueno para expresar mis emociones, pero haberte conocido desde la escuela hizo que toda la mierda por la que pasé fuera tolerable.
Mis ojos estaban tan llenos de lágrimas que estaba a punto de colapsar, así que no me atreví a contestarle.
Irreal, así se sintió cuando Ricky se arrodilló ante la guillotina, se acostó y giró la cabeza. Acomodó su cabeza gentilmente en la base de su artilugio hogareño. Luego, antes de que pudiera parpadear, la maldita cuchilla diagonal destelló justo cuando Ricky dijo: «Gracias».
Durante unos segundos extraños, la cabeza de mi amigo yacía en la cama de Rukus, y sus ojos abiertos miraban los míos. Ojos no inertes. Mis ojos castaños se entrelazaron con sus muy vivos ojos negros.
Ignoré conscientemente el resto de su cuerpo, pero podía ver periféricamente el sangrado del tronco de su cuello y el centro blanco de su espina dorsal. Mis manos temblaban y me obligué a limitarme a los ojos de Ricky.
—¿Me puedes escuchar?
Ricky parpadeó una vez para decir que sí.
—¿Te duele?
Dos parpadeos rápidos para decir que no.
—¿Me puedes ver?
Un parpadeo rápido.
—¿Ves ángeles o algo por el estilo?
Dos parpadeos.
—¿Se siente raro?
De nuevo, dos parpadeos para decir que no.
Entonces hizo una pausa y su boca se abrió paulatinamente, mostrando sus dientes, y a pesar de que se veía más como la mueca de un mimo, entendí que fuera lo que fuera lo que estaba sintiendo, era algo increíble a lo cual no había que temerle.
—¿O sea que no tienes miedo?
Dos parpadeos, y una vez más, su boca se abrió. Qué alivio.
De pronto, me quedé sin preguntas, pero aún nos comunicábamos. Ricky me veía a los ojos y era reconfortante, se sentía seguro, si es que tiene sentido. Luego los ojos de Ricky se cerraron y me preocupó que fuera el final, que se hubiera ido para siempre. Necesitaba pensar en algo, así que pregunté:
—¿Ya sabes el secreto de la vida?
Esta vez, sus ojos se abrieron más lentamente para parpadear una vez, y juro que su boca se movió como si hubiera tratado de hablar. Me incomodó, sabiendo que el habla no era algo que fuera capaz de hacer con lo que quedaba de su cuerpo, así que me apresuré a mi siguiente pregunta:
—¿Es algo malo? ¿Morir es malo?
Arrastró sus párpados dos veces para decir que no.
Para entonces, ya no tenía más preguntas, porque ya no había preguntas que importaran.
Después de eso, Ricky y yo cruzamos miradas y el tiempo pareció detenerse por nosotros. Hasta que sus ojos se ampliaron súbitamente y miró detrás de mí, y lo vi sonreír. Había algo ahí, algo que él vio que yo no podía ver, y fuera lo que fuera, era bueno.
Pero entonces Ricky hizo algo que no estaba dentro de sus instrucciones. Parpadeó cuatro veces antes de irse por siempre. Así de fácil, Ricky había muerto.
—¿Ricky? ¿Cuatro? ¡Por qué mierda parpadeaste cuatro veces! ¡Ricky!
Había contado cuatro parpadeos distintos, y mierda, nunca explicó que haría eso. Me sentía muy confundido, angustiado y, más que nada, mi corazón estaba roto por mi amigo.
Debí de haberme quedado viéndolo por un largo tiempo, porque cuando me levanté para irme, había oscurecido. Cuando encendí las luces de la cocina, vi un fólder en la repisa que tenía mi nombre.
Adentro estaba el testamento de Ricky y una carta.
«Me arrepiento de que nunca haya podido decirte lo mucho que tu amistad significó para mí. Gracias por haber sido amigo del bicho raro. Te amo. Cuatro parpadeos solo significan eso, te amo».
Ricky me dejó todo a mí: la casa —en donde vivo ahora— y cuatro mil dólares en efectivo. Después de pagar su cremación, mandé la mitad del dinero a un centro residencial para niños abusados y abandonados, y la otra mitad a un refugio local para animales. Fue lo menos que puede hacer por un sujeto cuya vida estuvo plagada de tristeza, y me imaginé que a Ricky le habría gustado."

viernes, 3 de septiembre de 2021

EL SÍNDROME ISMAEL SERRANO

(Ismael Serrano ensayando su cara de hostiable)

Ismael Serrano quería ser Sabina como Sabina quería ser Dylan. Quería ser cantautor, hacer canción protesta, ser poeta de clase..

La diferencia entre ellos (aparte de su manifiesta incapacidad como músico y letrista) es que Sabina y Dylan respondían a la ética de la canción protesta porque surgieron en un momento y lugar en los que tenían motivos sobrados para protestar. Aute cantaba al alba de los fusilados por el franquismo, Serrat retaba al régimen haciéndolo en catalán, Dylan daba banda sonora con voz desgarrada y reconocible a la lucha por los movimientos civiles y a la rebelión contra una guerra injusta en Vietnam, Victor Jara en Chile, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés..

Ismael Serrano sin embargo fue un quiero y no puedo, un remedo trasnochado y sin talento de Joan Baez en tío y de Chamberí. Un cantautor con problemas del primer mundo que como no tenía motivos para la protesta añoraba los de otros en el pasado. Y para hacerlo adoptaba la estética musical (ya que no podía la ética) de la nostalgia pacifista de los 70; Contra Franco se vivía mejor, papá cuéntame otra vez cómo corrías delante de los grises y todo eso.

Hace una década, a la sombra del 15M (que sí tenía motivos para la indignación y la protesta) surgió un movimiento estético a cuyos líderes se les fue la mano con la emoción de sentirse en un Woodstock a la española. Y se lo terminaron creyendo así que apostaron por convertirse en movimiento ético haciéndose agente político. Pero al igual que Ismael Serrano aquello sólo era una pose, un mayo del 68 impostado nostálgico de la primavera del amor, con esa nostalgia de lo que nunca jamás les sucedió tan bien cantada por Sabina (que pronto se distanció de ellos), esa añoranza de lo que no vivieron y les hubiera gustado experimentar solo que con las garantías y derechos actuales, la libertad de expresión de ahora y sin que los grises les pegarán (o al menos no muy fuerte para poder enseñar los cardenales en la reunión del comité de la fácul y presumir ante las chicas de héroes de la revolución).

Dicen hablar por abuelos de los que no se acordaron en vida y que no querrían que hablaran en su nombre (ya lo hicieron ellos cuando tocaba) y menos para volver a enfrentarnos. Para ello nos han dividido entre fachas y ellos, han resucitado a un Franco al que todos teníamos ya olvidado y han hecho bandera y prioridad de cosas tan importantes y urgentes como cambiar los nombres de las calles quitando los de perfectos desconocidos, que gracias a su gestión volvieron a ser recordados. 

Y han hecho todo esto con la crueldad de la juventud. Sin piedad. Sin tener en cuenta las consecuencias. Sin matices ni moderación. A saco. Desde el adanismo dogmático de creerse los liberadores de una sociedad necesitada de salvación, en posesión de una verdad que les asombra no veamos los demás tan clara como ellos. Déspotas ilustrados que se creen que deben sustituirnos paternalmente en nuestra capacidad de decisión dada nuestra ignorancia de cómo son de verdad las cosas, que han traído de nuevo el fanatismo discriminador mediante la falacia de lo correctamente político, la recuperación del inquisidor y el chivato o acosador que todos llevamos dentro, y la eliminación del opositor en las redes a falta de poder echar al mar al divergente que es lo que les gustaría. Y lo que es peor; nos han vuelto a enfrentar y a recuperar las dos españas que tanto nos costó superar. Y a falta de problemas reales, que la transición, el progreso y la socialdemocracia a la europea habían conseguido que sólo fueran recuerdos del pasado, se inventaron otros que hasta su llegada no existían; como la infelicidad por la falta de una república idealizada inexistente, o hacernos hablar un lenguaje absurdo e inventado contra toda lógica, o la opresión de los pueblos gallego, andaluz, vasco o catalán frente al tirano centralista, o la necesidad de criminalizar a los hombres de manera preventiva. 

Por su necesidad estética de sentirse soldados de una guerra de clases que ya no existía, de tener sus propias trincheras guerracivilistas, volvemos a estar enfrentados de nuevo los españoles. Como añoraban carreras ante los grises y gases lacrimógenos han contribuido a hacer el aire irrespirable y han alimentado al gólem del enemigo necesario para justificar su existencia. Ese es el pecado que menos les perdono; por su capricho dieron razón de ser al oponente que sin ellos no hubiera surgido ni existiría.

Dejadnos tranquilos. No le pidáis a papá que os lo cuente otra vez porque si lo hacéis os dirá que él ya no estaba en ese entonces que habéis idealizado, que él ya estaba en una España que se modernizaba a pasos agigantados gracias a haber dado el paso ejemplar de la concordia y al trabajo de los que de verdad sí se la jugaron ante los grises y en la cárcel o peor, no como vosotros que disfrutáis del privilegio de la queja lastimera impostada porque vivís en un estado de derecho que otros (a los que ahora hacéis de menos) construyeron.  

Sois muy pesados.

Y ya.



viernes, 28 de mayo de 2021

CAPÍTULO 1: EL LENGUAJE SECRETO DE LOS CUBIERTOS

Mediante el gesto convenido don Eulogio comunicó a Leocadia que esa noche se disponía a hacer uso del matrimonio. Era aquel un movimiento disimulado que no llegaba a secreto. Cuando con trece años su preceptora le había enseñado el significado de aquella particular forma de colocar cuchillo y tenedor que en el futuro haría quien fuera su marido al acabar algunas cenas, ella había sentido un punto de vergüenza. Su madre cosía a la vera de un mirador cerca de donde se estaba impartiendo la lección de urbanidad y sonrió aprobadora ante el rubor que subió a sus mejillas. 

- Así son las cosas entre gente de nuestra posición, menina -dijo-. Así han sido siempre y así serán. Verás como te acostumbras.

Y así había sido. Ante aquella señal se había acostumbrado sin remilgos a subir sumisa a la habitación de su esposo y esperar allí a recibirle y dejar pasivamente que se descargara en ella para, acabada la prestación de su deber marital, volver a su propia alcoba. Como uno de los perros de Paulov la vista de aquellos cubiertos cruzados de esa forma generaba en ella una actitud casi mesmérica cual si entrara en un socialmente entrenado trance hipnótico.

No era hombre particularmente rudo don Eulogio, aunque fallaría quien lo describiera como cariñoso en aquellas lides. Tampoco era amigo de rarezas salvo dejarse puestos los calcetines si hacía frío. Sentía respeto por Leocadia como buen padre de familia. Trataba de ser, si no tierno sí lo menos molesto posible en la cópula. De este modo aunque los episodios amatorios no solían ser especialmente duraderos sería injusto calificarlos de desagradables.

Por ello aquella noche de otoño en que, como no era extraño, don Eulogio recibía a un invitado, sí tuvo algo de novedoso. Esa jornada agasajaba a un cliente venido del extranjero para visitar los cafetales y hacer un gran pedido. El anfitrión regaba la cena con buen vino y la conversación a tres era amable. Tras los postres la criada se dispuso a retirar los juegos de la mesa y sus ojos se abrieron enormemente al percatarse de la distribución de los cubiertos del huésped sobre el plato. Era la señal que todos en la casa conocían. La mirada de Leocadia viajó ligeramente asombrada de hito en hito desde el plato del invitado a su marido y vuelta en demanda de instrucciones.

-Serán costumbres del continente- le susurró al oído en el pasillo mientras iban los tres del comedor a la veranda para acabar la noche con un digestivo y un buen cigarro los hombres.

Por supuesto don Eulogio se refería a que allí tal disposición de la cubertería no tendría el mismo significado que en la isla, pero Leocadia en su inocencia creyó entrever en sus palabras un consentimiento a la extraña petición del hospedado por lo que obediente acabado el envite subió a sus aposentos antes de que aquel llegara. Lo entendió parte del débito.

-¡Sapristi! -exclamó el cliente de don Eulogio sorprendido agradablemente cuando sobre su lecho descubrió dispuesta a la dueña de la casa-. Esto sí que es saber tratar a los invitados como merecen.

A los nueve meses venía al mundo una bebita a la que pusieron por nombre Josefa mientras don Eulogio hacía cuentas de usos pretéritos de su derecho conyugal y no le salían. Al menos, se consolaba, su cliente parecía satisfecho y los pedidos se sucedían.

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Con los años Josefina se convirtió en una linda señorita y al alcanzar la trecena fue partícipe del secreto de los cubiertos ella también. Su madre empezó a quejarse de manera crónica de algo que a falta de mayor concreción terminó convirtiéndose simplemente en "lo suyo". Su padre y su otro padre se habían asociado para distribuir el producto y con ello llegaron los buenos tiempos. Con los beneficios la hacienda había crecido hasta desbordarse por los acantilados cercanos y las tierras parecían caer al mar en cascada de café. Por ellas paseaba Ezequiel a lomos de su jaca en labores de capataz. Y contra lo que pudiera esperarse no tuvo jamás papel alguno en el resto de esta historia a pesar de lo propicio del personaje para ello. No así Jonás, el cordelero, que encargado del empaquetado de los pedidos hasta viejito tuvo todo el papel del mundo para él y sus tres siguientes generaciones. 

En los limes de la finca la selva se asomaba exuberante. De la fronda salían a veces chillidos de monos que nunca se dejaban ver y jabatos puntuales que se aventuraban por los campos abiertos. Una vez alguien dijo haber visto el rostro de un jaguar mirando a los cultivos desde la sombra, pero luego quedó acreditado que estaba ebrio así que no se dio por confirmado el avistamiento ni anotado con una X en la pizarra de la despensa como era costumbre.

Con Leocadia ya mayor a punto de cumplir los treinta y cuatro, y delicada como estaba de lo suyo, empezaba a ser momento de ir preparando a la siguiente dama de la casa para el correcto cumplimiento de sus obligaciones. Don Eulogio, hombre puntilloso en cuestiones domésticas, nunca aguantó el baño un grado más frío de su gusto. En una ocasión por una negligencia del servicio que achacó a la mala dirección de la dueña, un fallo así provocole una pulmonía. Por cosas como esa se tomó por asunto personal la formación de Josefina. "Al fin y al cabo -se decía- es mi vida lo que está en juego".

El día de la lección repetida de madres a hijas acerca del significado de la disposición cubertera, Leocadia, muy consciente de sus deberes maternales, transmitió la enseñanza como a ella se la habían contado. Solo que añadió la parte nueva que la experiencia le había aportado aquella lejana noche trece años atrás. Es de esta forma que se comunican los secretos y mediante acumulación de los sedimentos de cada generación se van configurando eso que llamamos tradiciones.

- Llegará un día dentro de dos o tres años -señaló didáctica Leocadia-, en que tengas tu propio marido. Los hombres -afirmó muy seria con el índice levantado- esperan que sus esposas abran las piernas para tomarlas, pero entre nuestra clase esas cosas no se dicen sino con indirectas galantes. No es de buen tono decirle a tu señora que suba y se espatarre sobre la cama y así espere que llegue para cubrirte como si fuera una res..

- Ejem- carraspeó ligeramente incómodo don Eulogio, que supervisaba la escena, ante lo crudo del lenguaje de su esposa.

.. - Por ello -continuó Leocadia sabedora de que ese era su papel aquel día- en la casa es costumbre hacer un gesto en la cena del día que nuestro hombre viene con ganas de poseernos -y acompañó la explicación con el ejemplo-. Cuando veas esta disposición será la señal de lo que esa noche quiere tu esposo y habrás de prepararte para recibirle a él y a su semilla y que así, con suerte, Dios os bendiga con un hijo.

- Bien está lo que bien acaba -dijo solemne el hombre de la casa. Y salió solícito de la sala prevenido de que el resto de explicaciones que vendrían a partir de ese momento serían de índole íntima y femenina y no era cuestión de estar presente en ellas.

Josefina bajó modesta la cabeza al paso de su padre despidiéndose callada mientras este franqueaba la puerta.

- Bien madre -respondió humilde e interesada volviendo hacia ella la mirada -. ¿algo más que deba saber?

- No. Ahora estoy cansada de lo mío -dijo-. Otro día te explicaré lo que se espera de ti una vez que recibas a tu marido... 

.. ah, si. Lo olvidaba. Entra dentro de nuestros deberes conyugales hacer lo mismo con cualquier otro hombre que nos haga la señal. No vayas a olvidar esto por sorprendente que pueda parecerte. Tu marido en el futuro, como tu padre en el pasado, guardará grandes esperanzas en este detalle. Cosas de hombres y negocios. Designios que tú y yo, como mujeres, ni conocemos ni tenemos por qué saber. 

- Si madre -aceptó Josefina sin mas preguntas.

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Gracias a la pequeña puerta trasera que en su enseñanza Leocadia le había dejado tiempo atrás, años después su hija Josefina se convertiría no solo en una linda señorita sino que adquirió fama de ligera de cascos. De todos los rincones primero de la isla y luego del continente acudieron prestos los caballeros conocedores del truco para ver a la bella dama rendida ante ellos. La propia Josefina, en su ingenuidad, creyendo socialmente conocida y asumida la norma, se encargaba de difundir entre la población masculina su predisposición personal a estos encuentros en cada fiesta a que era invitada y salón que contaba con ella. Obediente a la regla dictada por su madre se prestaba a todo tipo de solicitudes mientras vinieran precedidas de la conveniente contraseña alcanzando renombre cortesano bien pronto gracias a sus facilidades. 

Sin que nadie en la familia se explicara por qué pasaban los años y no se encontraba marido para Josefina. Se acercaba a la peligrosa frontera de los 16 sin horizonte siquiera de noviazgo. A falta de marido propio ella se volcaba en atenciones con su padre ante la debilidad materna para hacer frente a sus obligaciones. Conmovido el consentidor con esa dedicación daba por buenos sus desvelos en la preparación de su heredera ignorante de los rumores que sobre su vástaga circulaban. Hasta que un día los signos propios de un embarazo empezaron a ser evidentes y comenzaron las carreras por casarla de la manera que fuera. Se prestó para ello el hijo tonto de una familia venida a menos a cambio de prebendas en la distribución del producto que había hecho cresa a la familia de la desvergonzada. Se celebró la ceremonia de manera privada y esa noche se rubricó el matrimonio convenido con la visita de consumación al tálamo tras la colocación adecuada de los cubiertos. La costumbre era la costumbre. Y en la isla todos eran muy de costumbres.

Andrés llamaron al hijo que habría sido natural de no mediar el qué dirán y el hijo tonto de la familia en decadencia. Y no había cumplido los 18 cuando, fallecido don Eulogio por la vergüenza, había ya dilapidado toda la fortuna y patrimonio familiar jugándoselos al bacarrá. Pero esa es historia que merece ser contada por lo menudo.

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Creció -es un decir pues no levantó palmo del suelo- el mozo. Una tarde en que cabalgaban juntos por la hacienda el tonto del padre y Andresito se interesó este por las grandes diferencias entre ambos. Inocente preguntó qué podían querer decir sus amiguitos en el colegio cuando se burlaban del hecho de que siendo él tan rubicundo y alfeñique nadie de su familia lo fuera, y menos el larguirucho, moreno y alopécico de su padre. Harto de las burlas de que a su vez él mismo era objeto en el casino, consideró llegado el momento de sacar al heredero del linaje de su ignorancia infantil. Podríamos decir que barajó para ello durante un instante la posibilidad de usar de la delicadeza, pero no sería verdad.

- Mira Andrés, hijo -y calló momentáneamente no por estar eligiendo las palabras que vendrían a continuación, ni por tratar de ser considerado, ni por arrepentirse de lo que estaba haciendo, .. sino por haber caído en la cuenta del significado de las recién pronunciadas-... Esta va a ser la última vez que te llame así -continuó-. Verás.. resulta que tu madre, amen de tonta, fue hace años, si no lo sigue siendo, la más puta del gallinero y ni yo soy tu padre verdadero ni tú otra cosa que una consecuencia sobrevenida de sus devaneos, que fueron tantos que se hizo imposible saber de quien procedes.

- Algo barruntaba -dijo Andresito sereno apretando los puños sobre las riendas hasta que los nudillos se pusieron pálidos.

- ¿Y quieres saber lo mejor?

- No estoy seguro padre .. o lo que sea usted mío.

- Pues te diré que lo mas divertido es que todo tiene origen en un malentendido que ha pasado de madres a hijas -y le explicó la cuestión de las cuberterías-.

Cuando acabó de contarle su historia el infante nadaba entre la indignación de la fatalidad trágica y la comedia en que de pronto se había convertido su existencia. Se decantó, pragmático como era, por el interés. Y dispuesto a sacar la mayor tajada posible de su recién adquirido conocimiento empezó a planear el chantaje que le permitiría vivir del cuento los años venideros. El pisaverde que era se convirtió así en advenedizo señorito malcriado a fuer de asignaciones que sacaba a su familia cada vez que amenazaba con hacer pública su condición. Hizo de sí mismo un intrigante caprichoso e insolente, aficionado a todos los vicios y especialmente al de apostarse hasta los botones de la camisa mientras ingería ingentes cantidades de ron de caña. Con la mayoría de edad huyó con las pocas cosas de valor que a esas alturas quedaban al apellido. Para darse fuste pregonó durante un tiempo que se apartaba del linaje para no contaminarlo con su desgracia y que lo hacía abrumado por la deshonra. Voces menos piadosas para consigo mismo que la suya aseguraban que escapaba perseguido por las deudas. Al poco de su fuga se instaló en una localidad costera donde un golpe de suerte en forma de carta escondida en la manga y sacada habilidosamente a tiempo le convirtió en dueño de un edificio ruinoso. Un par de manos de pintura después nació el lupanar "Los cubiertos" que aún hoy existe con ese nombre aunque ahora sea un respetable hospedaje para comerciales de paso. Nadie recuerda ya la retranca de la elección del nombre ni el origen de la razón social.

Ahorcaron las autoridades una década larga después a un contrabandista rubio, bajito y negrero que hacía su infame negocio entre las islas allí donde era aún legal. No le había sonreído tampoco la fortuna en este nuevo emprendimiento y la empresa naufragó, como su chalupa, a tres brazas de la costa donde lo recogieron los alguaciles. Andresito vestía en el momento de su detención larga trenza que le colgaba sobre el pecho desde un lado de su cuello y un aro enorme en su oreja. Guardaba como tesoro la pistola nacarada francesa y antigua que decía le había regalado su abuelo al morir bajo condición de cumplir su sueño y usarla en un abordaje pirata. Era la que quedaba de una pareja cuya gemela había tenido que malvender tiempo atrás. Contaba al subir al patíbulo cuarenta años y se hacía llamar "El bucanero" entre su tripulación; tres marineros que a cambio de escondite y manduca le habrían llamado como él hubiera elegido y que le acompañaban en su postrer destino en sogas paralelas.


CAPÍTULO 2: EL PIRATA DE NOMBRE RESPETABLE


Eulogio era nombre de señor. Pedía vestir el don delante. No hubo diminutivo para el pequeño cuando era niño y soñaba con ser, muchos años antes de casar con Leocadia, reinar entre los cafetales y dominar el lenguaje de los cubiertos, un pirata con parche que enterraba su tesoro en algún lugar de la isla sólo por él conocido y marcado con una X en su mapa de juegos. Ignorante de lo que vendría luego se limitaba a llenar su infancia de fantasía e inmortalidad. Eran toda su pasión las viejas historias de cuevas y naufragios que se contaban en la isla. Su mundo. Poblaban sus imaginaciones promontorios, bahías y acantilados, caletas a resguardo y ocultas de la vista, doblones y escudos, sables raídos, corsarios galeones artillados, ganchos de abordaje y pólvora. Descalzo en cuanto se descuidaban sus progenitores, el niño soñador y solitario que fue Eulogio rondaba en pantalón corto por el puerto sin cuidado de nada salvo de volver a la hora de la cena, gustoso de andar entre marineros reales. Miraba allí sentado siempre la línea del mar como quien mira las estrellas por inalcanzables. Era ese horizonte fin de la realidad de la que solo escapaba haciendo batallas sobre la arena con guijarros y ramas. Salteaba sus juegos a veces con torturas a los insectos, arañas y alacranes, a los que gustaba de desmembrar de manera meticulosa. Aquellos primeros años fueron felices para el futuro potentado consentidor. O eso al menos pensaba él, ignorante de que su opinión no contaba en eso para los psicoanalistas futuros que le tratarían en el diván. El secreto para aquella felicidad era, según su creencia, crecer sin compañeros de juegos con los que discutir y que al hacerse adultos te decepcionen con sus deslealtades. Nadie a quien tener que matar y enterrar junto al cofre para evitar testigos. Era en fin hijo único.

Él nunca lo supo pues no tuvo con qué comparar, pero fue duro vivir sólo los años de la niñez en que todo palo es una espada. Tener una imaginación fecunda y hacer con ella que cada cárcava y barranca fueran escondite de monedas imaginarias, cada hueco cueva misteriosa, cada prado campo de batalla.. y no tener hermano ni amigo con quien batirse en duelo, es algo que deja huella en los hombres y dicta lo que luego serán.

Fue, eso sí, mozo recio y fuerte, y precoz en su desarrollo. Para su comunión su madre le tiñó de rubio con abundantes friegas de agua oxigenada, el incipiente bigotillo que le apuntaba ya con 8 años. Más tarde se hizo alto y aunque no galán, al menos ancho de hombros. En su mocedad gustaba de hacerse demostraciones a sí mismo ayudando con su potencia a los criados cuando había tareas que requerían fortaleza en la casa familiar y levantando grandes pesos que no parecían encajar en su edad. Más de una vez había recibido reprimendas por ello. Se consideraba que eran aquellas tareas impropias del señorito. 

Estudió para notable de la isla que era su destino siendo hijo del notario. Era este hombre que confundía a todos por resistirse a las etiquetas, y tampoco era previsible como progenitor. No era distante para con nadie, pero menos lo era para sus dos esclavas negras de cuya compañía se procuraba a menudo para enfado de la madre de Eulogio. Acabada la etapa académica el padre prestó una de sus mulatas al hijo para que se estrenara como era costumbre al llegar a los quince. Miraba atento la coyunda el artífice de sus días y aconsejaba prudente desde su mecedora:

- No te apresures que estas no son tu futura esposa. A ella deberás en su día la prisa debida a su posición, que las damas de alcurnia merecen que las seamos considerados y no las ocupemos más tiempo del debido en nuestro placer egoísta. 

A Eulogio aquello de la posición en eso de la jodienda de la que sería algún día su esposa no le quedó claro del todo. Obediente a las instrucciones paternas trató de distraerse para no acabar pronto. Pensó para este fin en la araña de la mañana anterior y contó con delectación cada una de sus patas a medida que se las arrancaba en su recuerdo.

- Tampoco es cosa de que te aficiones demasiado -se quejó el notario ante la tardanza del muchacho. Mientras, reclinado en busca de ángulo adecuado, se acariciaba el mentón atento a la técnica del imberbe Eulogio. Por alguna razón le vino a la mente la maravilla inglesa de vapor que había visto recientemente en la feria con sus pistones y sus émbolos en danza cinética-. 

- Es que con usted mirando ahí no puedo, padre.

- Acaba, que tengo gestiones que me esperan -cortó seco el aludido.

El recuerdo que le quedó durante toda su existencia de aquella primera experiencia no fue el mejor, y muy dentro de su psique se prometió a sí mismo, sin que su yo consciente se enterara del compromiso, que las demás veces no serían así. Años después se reconoció en las palabras de un médico austriaco que investigaba las dolencias del alma en lugar de hacerlo de las del cuerpo. Trataba aquel día un conferenciante de explicar las teorías del sabio ante un auditorio que lo maltrataba con abucheos y tratándole de charlatán y farsante mientras Eulogio paladeaba la nueva palabra recién descubierta en labios ajenos: trauma.

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El matrimonio con la hija del dueño de la plantación de tabaco estaba convenido desde que cumplió los 16 y esta acababa de nacer. Se celebró cuando Eulogio contaba el doble de esa edad y por tanto también de la de su esposa. Usó ese tiempo para aprender a llevar negocios y gestionar patrimonios, a comportarse en sociedad y manejar habilidades varias que algún día le serían útiles entre las que se incluía el lenguaje secreto de los cubiertos. A todos convenía el arreglo. Conveniencia era una palabra muy respetada en la isla.

Leocadia era agraciada de rostro y carnes, venía acompañada de una buena dote y educación, y sabía cual era su sitio sin ensoñaciones románticas excesivamente empalagosas. El noviazgo había sido el normal con largos paseos en barca de remos por la ribera del estanque de la plantación supervisados de cerca por la familia desde la orilla.

- Tal vez le falte un punto de color a las mejillas y de vida en el brillo de los ojos a la niña esta -se decía para sí el prometido- pero servirá para traer mis hijos al mundo y gobernar mi casa sin permitir que el agua se enfríe en la bañera.

Porque una de las esperanzas de Eulogio había sido siempre, amén de tener un baño en su punto justo, tener su propia tripulación de piratas. Una descendencia de una docena de bucaneros a los que educar aplicando su teoría de la hoja en blanco; En su visión nada se trae aprendido al mundo. Creía que cada mínima cosa que forma parte de la personalidad de un sujeto es adquirido por la práctica y la experiencia, y, por tanto, la educación es el ejercicio que consiste en ir escribiendo sobre esa hoja lo que se desea que en ella esté, pero, sobre todo, impedir que nada quedara en ella escrito si no estaba aprobado previamente por él. Y así crio a su hija Josefina cuando esta por fin llegó después de decenas de noches de cubiertos colocados en cierto modo, y de apresuradas cópulas intentando molestar lo menos posible a su señora, y, en fin, de oraciones y ruegos porque la prole deseada que continuara su estirpe no llegaba. Pero no nos adelantemos que esta ahora es la historia de Eulogio y tiempo habrá para desembocar en las de Josefa y Leocadia, que merecen capítulo propio cada una de ellas por separado.

Vivió el hijo del notario un ordinario matrimonio plagado de conveniencias sociales, obligaciones y normas pautadas. Una vida dedicada al negocio familiar que había heredado por casamiento y giraba del tabaco al café tras la plaga que arrasó la isla. Utilizaba como huida contra el tedio su afición al tiro, que practicaba con placer usando para ello sus queridas pistolas francesas, auténticas joyas importadas en cuyo mimo y cuidado volcaba lo más parecido al afecto que sabía producir. Gustaba, ya bachiller, de usar el don que se había ganado y que tan bien casaba con su nombre. Un nombre de señor. Y al que unía fama de buen tirador como si fuera un apellido. En la única parcela que quedaba inmaculada de su niñez, que era su imaginación, se seguía viendo a veces empuñando sus nacarados pistoletes en algún lance de honor o abordando una goleta con uno en una mano y el otro en el fajín. Mas se guardaba para sí esos arrebatos convencido de que jugar con la fantasía era una debilidad que no podía permitirse en un mundo como el suyo de los negocios, en que la crueldad era la norma. Por ello daba a su afición barniz de arte o cuando menos de ocupación ociosa de caballeros. No disimulaba su orgullo cuando llegaban los reconocimientos a su tino al que solo se le recuerda una mancha cuando ya anciano disparó sin querer a bocajarro sobre su socio de toda la vida tras una inocente conversación en que aquel comentó la semejanza entre los tirabuzones de Josefina y sus propios rizos de joven granadero del rey en sus años mozos. Se dice que murió el hombre con expresión de acabar de entender haber cometido algún tipo de error con su símil. La encuesta había concluido rápida declarando el suceso como accidente aunque ni un alma en la isla creyera que lo fuera. 

De su juventud y de su padre había heredado la costumbre de visitar cada jueves a las negras, esclavas primero y luego manumitidas una vez prohibida la funesta práctica, en el burdel de la villa. Y así lo había hecho también una semana más al salir del ayuntamiento recién confirmada oficialmente su inocencia del lance. No tenían edad ya para aquellos trotes ni don Eulogio ni las negras, pero gustaba de su conversación y de su trato hechos ya los tres a la cita tras todos aquellos años.

- Que guapa estaba de novia la niña el otro día, don Eulogio -afirmó Zalamera (ese era su nombre) mientras le daba sus friegas especiales al vejestorio.

- Suerte que la hemos podido casar a tiempo, que entre la madre y la hija os dan cien vueltas al oficio -señaló tranquilo el consentidor dejándose hacer-. Que en mala hora me asociara con el difunto. 

- Se entiende  -dijo en un descuido Mimosa (la otra negra, no el descuido), arrepintiéndose nada más dejar escapar esas palabras.

- ¿Qué es lo que se tiene que entender? -se levantó amoscado don Eulogio interrumpiendo la tarea de la furcia, dejando así caer sus pantalones hasta los tobillos y componiendo la viva imagen de la furia y la dignidad.

- Disimule usted, que no ha habido intención de ofender -Terció contemporizadora y zalamera Zalamera guiñándole un ojo-. ¿Me da su permiso para seguir?

y sentándose de nuevo siguió prestándose a sus manipulaciones don Eulogio más tranquilo.

- Solo espero que este matrimonio me proporcione una buena tripulación de nietos -evocó soñador el anciano-. O cuando menos un buen pirata a quien legar mis pistolas haciéndome idea de que lleva mi sangre.. -calló avergonzado al darse cuenta del alcance de sus palabras-.

-No se apure -dijo Mimosa comprensiva levantando la mirada desde el suelo para mirarle a los ojos como sabía que le gustaba-. Que aquí está entre amigos y gente avisada.

- Mala noche aquella ¿verdad? -continuó nostálgico-. Marcó el día desde el que me hice rico mientras me crecían los cuernos -Se sinceró-.

- Cuando retirando los patos vi sobre la mesa así cruzados los cubiertos casi se me paran los latidos, no digo más.

- Y lo ha sabido el pueblo entero todos estos años ¿No?

- .. el color de los cabellos traicionaba la discreción y la confidencia.

- Bueno, acaba ya que tengo gestiones que me esperan.

- Como me recuerda usted a su padre que en gloria esté.

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En la época en que, ni niño ya ni viejo aún, tras su matrimonio y éxito inicial en los negocios gracias a su asociación con quien sería décadas después sería su víctima, gozaba de las prebendas de estar en la cima, vivió Eulogio su etapa más serena. Tras esperar años la llegada de descendencia, esta había llegado por fin trayendo ilusión a su matrimonio y adornando la casa con olores de bebé. El dinero fluía en sus contratos y fletes, su mujer no estaba grave de  lo suyo y hasta se diría que tenía mayor puntería en su afición. Y era precio barato a cambio de todo ello mirar para otro lado en ciertos asuntos.

Sin embargo a aquella etapa siguió un periodo de abulia. Siempre había estado orgulloso si no de su porte, atractivo o prestancia sí de su fuerza, rasgo personal del que más satisfecho estaba por encima incluso de su habilidad para los negocios. Por ello cuando llegó la edad a la que acompañaba aquella pancita que nunca había pensado que llegaría, y empezó también a notar el declive de sus fuerzas, los ánimos le abandonaron lentamente como la tormenta que se acerca. Y cuando más necesaria era su presencia para los juegos de su infanta más ausente estaba él. A la madurez y los años se juntaron los disgustos que su esposa y si hija le fueron dando y ayudaron a cubrir prematuramente de canas sus sienes. Don Eulogio se hacía mayor y a sus cuarenta y ocho empezó a pensar en el futuro con un nieto en ciernes en el que puso sus últimas esperanzas de felicidad. También estas se verían truncadas como sabemos.