Mediante el gesto convenido don Eulogio comunicó a Leocadia que esa noche
se disponía a hacer uso del matrimonio. Era aquel un movimiento disimulado que no llegaba a secreto. Cuando con trece años su preceptora le había enseñado el significado de
aquella particular forma de colocar cuchillo y tenedor que en el futuro
haría quien fuera su marido al acabar algunas cenas, ella había sentido un punto
de vergüenza. Su madre cosía a la vera de un mirador cerca de donde se
estaba impartiendo la lección de urbanidad y sonrió aprobadora ante el
rubor que subió a sus mejillas.
- Así son las cosas entre gente de nuestra posición, menina -dijo-. Así han
sido siempre y así serán. Verás como te acostumbras.
Y así había sido. Ante aquella señal se había acostumbrado sin remilgos a subir sumisa a la
habitación de su esposo y esperar allí a recibirle y dejar pasivamente que
se descargara en ella para, acabada la prestación de su deber marital,
volver a su propia alcoba. Como uno de los perros de Paulov la vista de
aquellos cubiertos cruzados de esa forma generaba en ella una actitud casi
mesmérica cual si entrara en un socialmente entrenado trance
hipnótico.
No era hombre particularmente rudo don Eulogio, aunque fallaría quien lo
describiera como cariñoso en aquellas lides. Tampoco era amigo de rarezas
salvo dejarse puestos los calcetines si hacía frío. Sentía respeto por
Leocadia como buen padre de familia. Trataba de ser, si no tierno sí lo menos molesto posible en la cópula. De este modo aunque los episodios
amatorios no solían ser especialmente duraderos sería injusto calificarlos
de desagradables.
Por ello aquella noche de otoño en que, como no era extraño, don Eulogio
recibía a un invitado, sí tuvo algo de novedoso. Esa jornada agasajaba a un
cliente venido del extranjero para visitar los cafetales y hacer un gran
pedido. El anfitrión regaba la cena con buen vino y la conversación a tres
era amable. Tras los postres la criada se dispuso a retirar los juegos de la
mesa y sus ojos se abrieron enormemente al percatarse de la distribución de
los cubiertos del huésped sobre el plato. Era la señal que todos en la casa
conocían. La mirada de Leocadia viajó ligeramente asombrada de hito en hito
desde el plato del invitado a su marido y vuelta en demanda de
instrucciones.
-Serán costumbres del continente- le susurró al oído en el pasillo
mientras iban los tres del comedor a la veranda para acabar la noche con un
digestivo y un buen cigarro los hombres.
Por supuesto don Eulogio se refería a que allí tal disposición de la
cubertería no tendría el mismo significado que en la isla, pero Leocadia en
su inocencia creyó entrever en sus palabras un consentimiento a la extraña
petición del hospedado por lo que obediente acabado el envite subió a sus
aposentos antes de que aquel llegara. Lo entendió parte del débito.
-¡Sapristi! -exclamó el cliente de don Eulogio sorprendido agradablemente
cuando sobre su lecho descubrió dispuesta a la dueña de la casa-. Esto sí
que es saber tratar a los invitados como merecen.
A los nueve meses venía al mundo una bebita a la que pusieron por nombre
Josefa mientras don Eulogio hacía cuentas de usos pretéritos de su derecho
conyugal y no le salían. Al menos, se consolaba, su cliente parecía
satisfecho y los pedidos se sucedían.
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Con los años Josefina se convirtió en una linda señorita y al alcanzar la
trecena fue partícipe del secreto de los cubiertos ella también. Su madre
empezó a quejarse de manera crónica de algo que a falta de mayor concreción
terminó convirtiéndose simplemente en "lo suyo". Su padre y su otro padre se habían asociado para distribuir el producto y
con ello llegaron los buenos tiempos. Con los beneficios la hacienda había
crecido hasta desbordarse por los acantilados cercanos y las tierras
parecían caer al mar en cascada de café. Por ellas paseaba Ezequiel a lomos
de su jaca en labores de capataz. Y contra lo que pudiera esperarse no tuvo
jamás papel alguno en el resto de esta historia a pesar de lo propicio del
personaje para ello. No así Jonás, el cordelero, que encargado del
empaquetado de los pedidos hasta viejito tuvo todo el papel del mundo para
él y sus tres siguientes generaciones.
En los limes de la finca la selva se asomaba exuberante. De la fronda
salían a veces chillidos de monos que nunca se dejaban ver y jabatos
puntuales que se aventuraban por los campos abiertos. Una vez alguien dijo haber visto el rostro de un jaguar mirando a los
cultivos desde la sombra, pero luego quedó acreditado que estaba ebrio así
que no se dio por confirmado el avistamiento ni anotado con una X en la
pizarra de la despensa como era costumbre.
Con Leocadia ya mayor a punto de cumplir los treinta y cuatro, y
delicada como estaba de lo suyo, empezaba a ser momento de ir preparando a
la siguiente dama de la casa para el correcto cumplimiento de sus
obligaciones. Don Eulogio, hombre puntilloso en cuestiones domésticas, nunca
aguantó el baño un grado más frío de su gusto. En una ocasión por una
negligencia del servicio que achacó a la mala dirección de la dueña, un
fallo así provocole una pulmonía. Por cosas como esa se tomó por asunto
personal la formación de Josefina. "Al fin y al cabo -se decía- es mi vida
lo que está en juego".
El día de la lección repetida de madres a hijas acerca del significado de
la disposición cubertera, Leocadia, muy consciente de sus deberes maternales,
transmitió la enseñanza como a ella se la habían contado. Solo que añadió la
parte nueva que la experiencia le había aportado aquella lejana noche trece
años atrás. Es de esta forma que se comunican los secretos y mediante
acumulación de los sedimentos de cada generación se van configurando eso que
llamamos tradiciones.
- Llegará un día dentro de dos o tres años -señaló didáctica Leocadia-, en
que tengas tu propio marido. Los hombres -afirmó muy seria con el índice
levantado- esperan que sus esposas abran las piernas para tomarlas, pero
entre nuestra clase esas cosas no se dicen sino con indirectas galantes. No
es de buen tono decirle a tu señora que suba y se espatarre sobre la cama y
así espere que llegue para cubrirte como si fuera una res..
- Ejem- carraspeó ligeramente incómodo don Eulogio, que supervisaba la
escena, ante lo crudo del lenguaje de su esposa.
.. - Por ello -continuó Leocadia sabedora de que ese era su papel aquel
día- en la casa es costumbre hacer un gesto en la cena del día que nuestro
hombre viene con ganas de poseernos -y acompañó la explicación con el
ejemplo-. Cuando veas esta disposición será la señal de lo que esa noche
quiere tu esposo y habrás de prepararte para recibirle a él y a su semilla y
que así, con suerte, Dios os bendiga con un hijo.
- Bien está lo que bien acaba -dijo solemne el hombre de la casa. Y salió
solícito de la sala prevenido de que el resto de explicaciones que vendrían
a partir de ese momento serían de índole íntima y femenina y no era cuestión
de estar presente en ellas.
Josefina bajó modesta la cabeza al paso de su padre
despidiéndose callada mientras este franqueaba la puerta.
- Bien madre -respondió humilde e interesada volviendo hacia ella la mirada
-. ¿algo más que deba saber?
- No. Ahora estoy cansada de lo mío -dijo-. Otro día te explicaré lo que se
espera de ti una vez que recibas a tu marido...
.. ah, si. Lo olvidaba. Entra dentro de nuestros deberes conyugales hacer
lo mismo con cualquier otro hombre que nos haga la señal. No vayas a olvidar
esto por sorprendente que pueda parecerte. Tu marido en el futuro, como tu
padre en el pasado, guardará grandes esperanzas en este detalle. Cosas de
hombres y negocios. Designios que tú y yo, como mujeres, ni conocemos ni
tenemos por qué saber.
- Si madre -aceptó Josefina sin mas preguntas.
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Gracias a la pequeña puerta trasera que en su enseñanza Leocadia le había
dejado tiempo atrás, años después su hija Josefina se convertiría no solo en
una linda señorita sino que adquirió fama de ligera de cascos. De todos los
rincones primero de la isla y luego del continente acudieron prestos los
caballeros conocedores del truco para ver a la bella dama rendida ante
ellos. La propia Josefina, en su ingenuidad, creyendo socialmente conocida y
asumida la norma, se encargaba de difundir entre la población masculina su
predisposición personal a estos encuentros en cada fiesta a que era invitada
y salón que contaba con ella. Obediente a la regla dictada por su madre se
prestaba a todo tipo de solicitudes mientras vinieran precedidas de la
conveniente contraseña alcanzando renombre cortesano bien pronto gracias a
sus facilidades.
Sin que nadie en la familia se explicara por qué pasaban los años y no se encontraba marido para Josefina. Se
acercaba a la peligrosa frontera de los 16 sin horizonte siquiera de
noviazgo. A falta de marido propio ella se volcaba en atenciones con su
padre ante la debilidad materna para hacer frente a sus obligaciones.
Conmovido el consentidor con esa dedicación daba por buenos sus desvelos en
la preparación de su heredera ignorante de los rumores que sobre su vástaga
circulaban. Hasta que un día los signos propios de un embarazo empezaron a
ser evidentes y comenzaron las carreras por casarla de la manera que fuera.
Se prestó para ello el hijo tonto de una familia venida a menos a cambio de
prebendas en la distribución del producto que había hecho cresa a la familia
de la desvergonzada. Se celebró la ceremonia de manera privada y esa noche
se rubricó el matrimonio convenido con la visita de consumación al tálamo
tras la colocación adecuada de los cubiertos. La costumbre era la costumbre.
Y en la isla todos eran muy de costumbres.
Andrés llamaron al hijo que habría sido natural de no mediar el qué dirán y el hijo tonto de la familia en decadencia.
Y no había cumplido los 18 cuando, fallecido don Eulogio por la vergüenza,
había ya dilapidado toda la fortuna y patrimonio familiar jugándoselos al
bacarrá. Pero esa es historia que merece ser contada por lo menudo.
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Creció -es un decir pues no levantó palmo del suelo- el mozo. Una tarde en que cabalgaban juntos por la hacienda el tonto del padre y
Andresito se interesó este por las grandes diferencias entre ambos. Inocente
preguntó qué podían querer decir sus amiguitos en el colegio cuando se
burlaban del hecho de que siendo él tan rubicundo y alfeñique nadie de su
familia lo fuera, y menos el larguirucho, moreno y alopécico de su padre. Harto
de las burlas de que a su vez él mismo era objeto en el casino, consideró
llegado el momento de sacar al heredero del linaje de su ignorancia
infantil. Podríamos decir que barajó para ello durante un instante la
posibilidad de usar de la delicadeza, pero no sería verdad.
- Mira Andrés, hijo -y calló momentáneamente no por estar eligiendo las
palabras que vendrían a continuación, ni por tratar de ser considerado, ni
por arrepentirse de lo que estaba haciendo, .. sino por haber caído en
la cuenta del significado de las recién pronunciadas-... Esta va a ser la
última vez que te llame así -continuó-. Verás.. resulta que tu madre, amen
de tonta, fue hace años, si no lo sigue siendo, la más puta del gallinero y
ni yo soy tu padre verdadero ni tú otra cosa que una consecuencia
sobrevenida de sus devaneos, que fueron tantos que se hizo imposible saber
de quien procedes.
- Algo barruntaba -dijo Andresito sereno apretando los puños sobre las
riendas hasta que los nudillos se pusieron pálidos.
- ¿Y quieres saber lo mejor?
- No estoy seguro padre .. o lo que sea usted mío.
- Pues te diré que lo mas divertido es que todo tiene origen en un
malentendido que ha pasado de madres a hijas -y le explicó la cuestión de
las cuberterías-.
Cuando acabó de contarle su historia el infante nadaba entre la indignación
de la fatalidad trágica y la comedia en que de pronto se había convertido su
existencia. Se decantó, pragmático como era, por el interés. Y dispuesto a
sacar la mayor tajada posible de su recién adquirido conocimiento empezó a
planear el chantaje que le permitiría vivir del cuento los años venideros.
El pisaverde que era se convirtió así en advenedizo señorito malcriado a
fuer de asignaciones que sacaba a su familia cada vez que amenazaba con
hacer pública su condición. Hizo de sí mismo un intrigante caprichoso e
insolente, aficionado a todos los vicios y especialmente al de apostarse
hasta los botones de la camisa mientras ingería ingentes cantidades de ron
de caña. Con la mayoría de edad huyó con las pocas cosas de valor que a esas
alturas quedaban al apellido. Para darse fuste pregonó durante un tiempo que
se apartaba del linaje para no contaminarlo con su desgracia y que lo hacía
abrumado por la deshonra. Voces menos piadosas para consigo mismo que la
suya aseguraban que escapaba perseguido por las deudas. Al poco de su fuga
se instaló en una localidad costera donde un golpe de suerte en forma de
carta escondida en la manga y sacada habilidosamente a tiempo le convirtió
en dueño de un edificio ruinoso. Un par de manos de pintura después nació el
lupanar "Los cubiertos" que aún hoy existe con ese nombre aunque ahora sea
un respetable hospedaje para comerciales de paso. Nadie recuerda ya la
retranca de la elección del nombre ni el origen de la razón social.
Ahorcaron las autoridades una década larga después a un contrabandista rubio, bajito y
negrero que hacía su infame negocio entre las islas allí donde era aún legal. No le había sonreído
tampoco la fortuna en este nuevo emprendimiento y la empresa naufragó, como
su chalupa, a tres brazas de la costa donde lo recogieron los alguaciles.
Andresito vestía en el momento de su detención larga trenza que le colgaba sobre el pecho desde un lado de
su cuello y un aro enorme en su oreja. Guardaba como tesoro la pistola nacarada francesa y antigua que decía le había regalado su abuelo al morir bajo condición de cumplir su sueño y usarla en un abordaje pirata. Era la que quedaba de una pareja cuya gemela había tenido que malvender tiempo atrás. Contaba al subir al patíbulo cuarenta años y se hacía
llamar "El bucanero" entre su tripulación; tres marineros que a cambio de
escondite y manduca le habrían llamado como él hubiera elegido y que le acompañaban en su postrer destino en sogas paralelas.
CAPÍTULO 2: EL PIRATA DE NOMBRE RESPETABLE

Eulogio era nombre de señor. Pedía vestir el don delante. No hubo
diminutivo para el pequeño cuando era niño y soñaba con ser, muchos años
antes de casar con Leocadia, reinar entre los cafetales y dominar el
lenguaje de los cubiertos, un pirata con parche que enterraba su tesoro en
algún lugar de la isla sólo por él conocido y marcado con una X en su mapa
de juegos. Ignorante de lo que vendría luego se limitaba a llenar su infancia de
fantasía e inmortalidad. Eran toda su
pasión las viejas historias de cuevas y naufragios que se contaban en la isla. Su mundo. Poblaban sus imaginaciones
promontorios, bahías y acantilados, caletas a resguardo y ocultas de la
vista, doblones y escudos, sables raídos, corsarios galeones artillados,
ganchos de abordaje y pólvora. Descalzo en cuanto se descuidaban sus
progenitores, el niño soñador y solitario que fue Eulogio rondaba en
pantalón corto por el puerto sin cuidado de nada salvo de volver a la hora
de la cena, gustoso de andar entre marineros reales. Miraba allí sentado siempre la línea del mar como quien mira las estrellas
por inalcanzables. Era ese horizonte fin de la realidad de la que solo
escapaba haciendo batallas sobre la arena con guijarros y ramas. Salteaba sus juegos a veces con torturas a los insectos, arañas y alacranes, a los que gustaba de desmembrar de manera meticulosa. Aquellos primeros años fueron felices para el futuro potentado consentidor. O eso al menos pensaba él, ignorante de que su opinión no contaba en eso para los psicoanalistas futuros que le tratarían en el diván. El secreto para aquella felicidad era, según su creencia, crecer sin compañeros de juegos con los que discutir y que al hacerse adultos te decepcionen con sus deslealtades. Nadie a quien tener que matar y enterrar junto al cofre para evitar testigos. Era en fin hijo único.
Él nunca lo supo pues no tuvo con qué comparar, pero fue duro vivir sólo los años de la niñez en que todo palo es una espada. Tener una imaginación fecunda y hacer con ella que cada cárcava y barranca fueran escondite de monedas imaginarias, cada hueco cueva misteriosa, cada prado campo de batalla.. y no tener hermano ni amigo con quien batirse en duelo, es algo que deja huella en los hombres y dicta lo que luego serán.
Fue, eso sí, mozo recio y fuerte, y precoz en su desarrollo. Para su comunión su madre le tiñó de rubio con abundantes friegas de agua oxigenada, el incipiente bigotillo que le apuntaba ya con 8 años. Más tarde se hizo alto y aunque no galán, al menos ancho de hombros. En su mocedad gustaba de hacerse demostraciones a sí mismo ayudando con su potencia a los criados cuando había tareas que requerían fortaleza en la casa familiar y levantando grandes pesos que no parecían encajar en su edad. Más de una vez había recibido reprimendas por ello. Se consideraba que eran aquellas tareas impropias del señorito.
Estudió para notable de la isla que era su destino siendo hijo del notario.
Era este hombre que confundía a todos por resistirse a las etiquetas, y
tampoco era previsible como progenitor. No era distante para con nadie, pero
menos lo era para sus dos esclavas negras de cuya compañía se procuraba a
menudo para enfado de la madre de Eulogio. Acabada la etapa académica el
padre prestó una de sus mulatas al hijo para que se estrenara como era
costumbre al llegar a los quince. Miraba atento la coyunda el artífice de
sus días y aconsejaba prudente desde su mecedora:
- No te apresures que estas no son tu futura esposa. A ella deberás en su
día la prisa debida a su posición, que las damas de alcurnia merecen que las
seamos considerados y no las ocupemos más tiempo del debido en nuestro
placer egoísta.
A Eulogio aquello de la posición en eso de la jodienda de la que sería
algún día su esposa no le quedó claro del todo. Obediente a las
instrucciones paternas trató de distraerse para no acabar pronto. Pensó para
este fin en la araña de la mañana anterior y contó con delectación cada una
de sus patas a medida que se las arrancaba en su recuerdo.
- Tampoco es cosa de que te aficiones demasiado -se quejó el notario ante
la tardanza del muchacho. Mientras, reclinado en busca de ángulo adecuado,
se acariciaba el mentón atento a la técnica del imberbe Eulogio. Por alguna
razón le vino a la mente la maravilla inglesa de vapor que había visto
recientemente en la feria con sus pistones y sus émbolos en danza
cinética-.
- Es que con usted mirando ahí no puedo, padre.
- Acaba, que tengo gestiones que me esperan -cortó seco el aludido.
El recuerdo que le quedó durante toda su existencia de aquella primera
experiencia no fue el mejor, y muy dentro de su psique se prometió a sí
mismo, sin que su yo consciente se enterara del compromiso, que las demás
veces no serían así. Años después se reconoció en las palabras de un médico
austriaco que investigaba las dolencias del alma en lugar de hacerlo de las
del cuerpo. Trataba aquel día un conferenciante de explicar las teorías del
sabio ante un auditorio que lo maltrataba con abucheos y tratándole de
charlatán y farsante mientras Eulogio paladeaba la nueva palabra recién
descubierta en labios ajenos: trauma.
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El matrimonio con la hija del dueño de la plantación de tabaco estaba
convenido desde que cumplió los 16 y esta acababa de nacer. Se celebró
cuando Eulogio contaba el doble de esa edad y por tanto también de la de su
esposa. Usó ese tiempo para aprender a llevar negocios y gestionar
patrimonios, a comportarse en sociedad y manejar habilidades varias que
algún día le serían útiles entre las que se incluía el lenguaje secreto de
los cubiertos. A todos convenía el arreglo. Conveniencia era una palabra muy respetada en la isla.
Leocadia era agraciada de rostro y carnes, venía acompañada de una buena
dote y educación, y sabía cual era su sitio sin ensoñaciones románticas
excesivamente empalagosas. El noviazgo había sido el normal con largos
paseos en barca de remos por la ribera del estanque de la plantación supervisados de cerca por la familia desde la orilla.
- Tal vez le falte un punto de color a las mejillas y de vida en el brillo
de los ojos a la niña esta -se decía para sí el prometido- pero servirá para
traer mis hijos al mundo y gobernar mi casa sin permitir que el agua se
enfríe en la bañera.
Porque una de las esperanzas de Eulogio había sido siempre, amén de tener un baño en su punto justo, tener su propia tripulación de piratas. Una descendencia de una docena de bucaneros a los que educar aplicando su teoría de la hoja en blanco; En su visión nada se trae aprendido al mundo. Creía que cada mínima cosa que forma parte de la personalidad de un sujeto es adquirido por la práctica y la experiencia, y, por tanto, la educación es el ejercicio que consiste en ir escribiendo sobre esa hoja lo que se desea que en ella esté, pero, sobre todo, impedir que nada quedara en ella escrito si no estaba aprobado previamente por él. Y así crio a su hija Josefina cuando esta por fin llegó después de decenas de noches de cubiertos colocados en cierto modo, y de apresuradas cópulas intentando molestar lo menos posible a su señora, y, en fin, de oraciones y ruegos porque la prole deseada que continuara su estirpe no llegaba. Pero no nos adelantemos que esta ahora es la historia de Eulogio y tiempo habrá para desembocar en las de Josefa y Leocadia, que merecen capítulo propio cada una de ellas por separado.
Vivió el hijo del notario un ordinario matrimonio plagado de conveniencias sociales, obligaciones y normas pautadas. Una vida dedicada al negocio familiar que había heredado por casamiento y giraba del tabaco al café tras la plaga que arrasó la isla. Utilizaba como huida contra el tedio su afición al tiro, que practicaba con placer usando para ello sus queridas pistolas francesas, auténticas joyas importadas en cuyo mimo y cuidado volcaba lo más parecido al afecto que sabía producir. Gustaba, ya bachiller, de usar el don que se había ganado y que tan bien casaba con su nombre. Un nombre de señor. Y al que unía fama de buen tirador como si fuera un apellido. En la única parcela que quedaba inmaculada de su niñez, que era su imaginación, se seguía viendo a veces empuñando sus nacarados pistoletes en algún lance de honor o abordando una goleta con uno en una mano y el otro en el fajín. Mas se guardaba para sí esos arrebatos convencido de que jugar con la fantasía era una debilidad que no podía permitirse en un mundo como el suyo de los negocios, en que la crueldad era la norma. Por ello daba a su afición barniz de arte o cuando menos de ocupación ociosa de caballeros. No disimulaba su orgullo cuando llegaban los reconocimientos a su tino al que solo se le recuerda una mancha cuando ya anciano disparó sin querer a bocajarro sobre su socio de toda la vida tras una inocente conversación en que aquel comentó la semejanza entre los tirabuzones de Josefina y sus propios rizos de joven granadero del rey en sus años mozos. Se dice que murió el hombre con expresión de acabar de entender haber cometido algún tipo de error con su símil. La encuesta había concluido rápida declarando el suceso como accidente aunque ni un alma en la isla creyera que lo fuera.
De su juventud y de su padre había heredado la costumbre de visitar cada jueves a las negras, esclavas primero y luego manumitidas una vez prohibida la funesta práctica, en el burdel de la villa. Y así lo había hecho también una semana más al salir del ayuntamiento recién confirmada oficialmente su inocencia del lance. No tenían edad ya para aquellos trotes ni don Eulogio ni las negras, pero gustaba de su conversación y de su trato hechos ya los tres a la cita tras todos aquellos años.
- Que guapa estaba de novia la niña el otro día, don Eulogio -afirmó Zalamera (ese era su nombre) mientras le daba sus friegas especiales al vejestorio.
- Suerte que la hemos podido casar a tiempo, que entre la madre y la hija os dan cien vueltas al oficio -señaló tranquilo el consentidor dejándose hacer-. Que en mala hora me asociara con el difunto.
- Se entiende -dijo en un descuido Mimosa (la otra negra, no el descuido), arrepintiéndose nada más dejar escapar esas palabras.
- ¿Qué es lo que se tiene que entender? -se levantó amoscado don Eulogio interrumpiendo la tarea de la furcia, dejando así caer sus pantalones hasta los tobillos y componiendo la viva imagen de la furia y la dignidad.
- Disimule usted, que no ha habido intención de ofender -Terció contemporizadora y zalamera Zalamera guiñándole un ojo-. ¿Me da su permiso para seguir?
y sentándose de nuevo siguió prestándose a sus manipulaciones don Eulogio más tranquilo.
- Solo espero que este matrimonio me proporcione una buena tripulación de nietos -evocó soñador el anciano-. O cuando menos un buen pirata a quien legar mis pistolas haciéndome idea de que lleva mi sangre.. -calló avergonzado al darse cuenta del alcance de sus palabras-.
-No se apure -dijo Mimosa comprensiva levantando la mirada desde el suelo para mirarle a los ojos como sabía que le gustaba-. Que aquí está entre amigos y gente avisada.
- Mala noche aquella ¿verdad? -continuó nostálgico-. Marcó el día desde el que me hice rico mientras me crecían los cuernos -Se sinceró-.
- Cuando retirando los patos vi sobre la mesa así cruzados los cubiertos casi se me paran los latidos, no digo más.
- Y lo ha sabido el pueblo entero todos estos años ¿No?
- .. el color de los cabellos traicionaba la discreción y la confidencia.
- Bueno, acaba ya que tengo gestiones que me esperan.
- Como me recuerda usted a su padre que en gloria esté.
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En la época en que, ni niño ya ni viejo aún, tras su matrimonio y éxito inicial en los negocios gracias a su asociación con quien sería décadas después sería su víctima, gozaba de las prebendas de estar en la cima, vivió Eulogio su etapa más serena. Tras esperar años la llegada de descendencia, esta había llegado por fin trayendo ilusión a su matrimonio y adornando la casa con olores de bebé. El dinero fluía en sus contratos y fletes, su mujer no estaba grave de lo suyo y hasta se diría que tenía mayor puntería en su afición. Y era precio barato a cambio de todo ello mirar para otro lado en ciertos asuntos.
Sin embargo a aquella etapa siguió un periodo de abulia. Siempre había estado orgulloso si no de su porte, atractivo o prestancia sí de su fuerza, rasgo personal del que más satisfecho estaba por encima incluso de su habilidad para los negocios. Por ello cuando llegó la edad a la que acompañaba aquella pancita que nunca había pensado que llegaría, y empezó también a notar el declive de sus fuerzas, los ánimos le abandonaron lentamente como la tormenta que se acerca. Y cuando más necesaria era su presencia para los juegos de su infanta más ausente estaba él. A la madurez y los años se juntaron los disgustos que su esposa y si hija le fueron dando y ayudaron a cubrir prematuramente de canas sus sienes. Don Eulogio se hacía mayor y a sus cuarenta y ocho empezó a pensar en el futuro con un nieto en ciernes en el que puso sus últimas esperanzas de felicidad. También estas se verían truncadas como sabemos.