jueves, 19 de enero de 2017

LA HOGUERA DE LAS VANIDADES


Esta es la historia de un político desconocido. Uno que estaba en el sitio y momento oportuno cuando los gurús de su partido decidieron que hacía falta una cara joven. El partido político estaba en plena crisis. Sus votantes no dejaban de emigrar a otros puertos y en un nuevo análisis sesudo basado más en el marketing que en la esencia y las ideas se consideró fundamental poner al frente del barco a un rostro carismático, simpático y fotogénico. Ya veríamos luego lo de las ideas, el programa y eso, pensaron. Y él pasaba por allí en ese preciso instante. Como anillo al dedo. Lo manejaremos bien.
Así que ahí estaba nuestro protagonista, ensalzado a la cumbre de su organización por su cara bonita, literalmente.

Oyó cánticos de sirena durante meses. Es difícil resistirse a la entrenada y profesional llamada de la adulación. Y Pedro (nombre ficticio) se equivocó. Igual que los que le auparon lo hicieron por razones espurias sin hacer un buen análisis de la realidad y basando su decisión meramente en la creencia de que los votantes eran gilipollas y votarían a alguien solo por ser guapo, joven y resultón, él se creyó lo que no era. Se convenció a sí mismo de que aquel culto al líder era real y de que sus seguidores ejercían de tales ciegamente atraídos como ratones al flautista de Hamelin por sus encantos hipnóticos. De verdad creyó sinceramente que tenía algún talento político más allá de su sonrisa y su altura corpulenta.
Nombró a su amigo íntimo, su mano derecha, su portavoz. Y este hizo lo que se esperaba de su cargo: mostrar durante meses a voces su ciega adhesión al líder, serle leal ante todos, unir su destino al suyo hasta la muerte, hacer de vocero de sus instrucciones multiplicando incluso el volumen y la intensidad de sus mensajes.

En la errónea creencia de que contentaba a los que le habían puesto allí, que era para lo que estaba (eso era lo único que tenía claro, al menos en aquello no se engañaba, él era un hombre de partido, disciplinado y obediente), lanzó soflamas en las que no creía, repitió lemas, que le pasaban en argumentarios ajenos a su forma de pensar. Hasta la saciedad. De tanto repetirlos ante las cámaras podía habérselos incluso creído pero no llegó a hacerlo nunca. Simplemente los repetía. Hacía lo que le decían. Lo que se esperaba de él. Ni más ni menos. Hizo los acercamientos que le indicaron.. Y todo eso fue paradójicamente (para los ingenuos) su perdición.

Porque entonces un día de repente sobró. Se había convertido en una amenaza por hacer precisamente lo que se le había dicho que debía hacer. Por acercarse a quien no debía aunque no hubiera sido idea suya. Por repetir los lemas que otros le habían redactado. Y tal como lo habían puesto ahí, quienes de verdad mandaban en el partido lo quitaron, defenestración humillante incluida. Se volvió un deshecho, un paria de que apartarse lo antes posible para evitar el contagio de la imagen a su lado. Ya nadie quería que le pudieran hacer una foto incriminatoria junto a él. Era de pronto alguien de quien prescindir para pasar página simbólicamente. Un sacrificio irrelevante que ofrecer al altar de los medios de comunicación para dar a los supuestos gilipollas de los votantes una cabeza concreta que clavar en una pica.

.. Y Pedro miró a su alrededor sorprendido. Su principal impulsora le apuñalaba por la espalda, los que le animaron a iniciar su carrera en alta política le volvieron interesadamente la espalda para que nadie pudiera decir que un día fue de los suyos, su principal amigo, su portavoz, vio venir el frío de los malos tiempos y le traicionó pasándose al otro bando para no perder las habas. Sin el más mínimo esbozo de vergüenza. El que gritaba el doble de alto los lemas de su jefe gritó los contrarios en pocos días y justificó su postura en que estaba equivocado. Y así dejó solo a su amigo.

La confusión era enorme. Pedro estaba en shock. Aquello no le podía pasar a él. ¡Pero si hasta ayer había tenido el apoyo y la lealtad inquebrantable de toda la organización! ¡Traición! -se dijo-. Así que siguió engañándose creyendo que eran los demás los equivocados, que había justicia en el mundo y que el karma colocaría a cada cual en su sitio devolviendo las cosas a sus justo lugar. Y en un acto de coherencia de cara a la galería dimitió dejando el puesto para el que lo habían votado renunciando al sueldo que llevaba aparejado. Creía que con eso ganaría legitimidad ante alguien por honrado. Que las masas valorarían el gesto. Al paro. Su esposa le miraba asustada por su futuro mutuo en lo material. Luego abundó en su miseria de autoengaño y pensó que las bases, la militancia, estaba con él y le devolverían al sitio del que nunca debió salir. Y anunció a bombo y platillo que volvería a por lo que era suyo, pero la sala estaba tan vacía que las palabras retumbaban en las paredes. Y en su ceguera los ecos le sonaron a aclamaciones, a vítores y a peticiones de regreso salvador.

Entre todos la mataron y ella sola se murió. Y no hablo de Pedro. Sino de la división lograda en su organización por todos los intervinientes en este vergonzoso proceso.

Y así sus enemigos, los de fuera (Pablo -nombre ficticio- incluido) y los de dentro, se frotaron las manos hasta quemárselas de gusto. Algunos simplemente se sentaron a ver pasar los cadáveres de sus adversarios ante su puerta. Y el espectáculo les divirtió. No me dio ninguna pena. Este negocio es así. Tristemente... 

Miedo me da lo que viene. 

y ya.

martes, 10 de enero de 2017

FABIEN

Si desde lejos alguien hubiera visto la escena le hubiera parecido extraña con aquel calor, pero hacía años que no había nadie más para verla ni extrañarse aparte del propio anciano que la protagonizaba. Ese día en la granja los grandes portones de la habitación de Fabién estaban abiertos de par en par dejando entrar el sol castigador violento hasta la cama donde él reposaba. Horas antes se había levantado en un postrero esfuerzo para dejarlos así y luego había vuelto a tumbarse desnudo sobre ella para recibir sus rayos y hablar en voz alta consigo mismo. La postura elevada por los almohadones permitía mirar directamente al exterior. La visión era la de un viejo cuerpo correoso muy moreno, arrugado, delgado y reclinado sobre la cama blanca bañado por el sol abrasador. La de unos ojos vivaces aún pero cansados  como luchando por mantener sus parpados abiertos para que el azul de sus pupilas se pudiera seguir posando en el techo y en las paredes. La del sonido en murmullos de una voz que se dirigía a su propio dueño en conversación amena. Una imagen que si no hubiera sido por la paz que transmitía se hubiera dicho propia de un demente.

Aquellos ojos se habían paseado durante horas tranquilamente por las cosas, los objetos a su alrededor. No haciendo recuento ni revisando nada. Solo posándose lánguidos sobre ellos, como habría hecho una mariposa. Sin orden concreto pero sin desorden. Uno tras otro. Y luego, hacía ya mucho rato, se habían dirigido a aquellos ventanales abiertos del suelo al techo y allí seguían desde entonces, contemplando el paisaje que se veía por el vano.

Ese era su último deseo en aquella soledad. Quería sentir, aunque le doliera. Aquello también era sentir y lo necesitaba. Igual que sentía que necesitaba aire aunque fuera irrespirable. Quería ver el sol y el cielo azul. Aunque quemara sus viejas arrugas. Quería ver su granja. Le hubiera gustado ver a su madre y al señor Lucién haciendo sus tareas ordinarias allí fuera. O siquiera oír sus voces haciendo tareas cotidianas tal como las atesoraba entre sus recuerdos. Las echaba tanto de menos.
Se moría. Pero quería ver por última vez antes de expirar aquel paisaje que aunque desde hacía ya mucho tiempo estaba destrozado el recordaba una vez fértil y hermoso. Era el único que conocía. Eran sus vistas. Su vida.
Aquel delgado cuerpo sin ropa alguna medio sentado y medio tumbado sobre la cama guardaba un cerebro aún lúcido que se daba cuenta de lo que le sucedía. Llevaba años esperando ese instante postrero. Era mucho más viejo de lo que alcanzaba la media de sus congéneres pero él no lo sabía. Estaba enfermo desde hacía mucho tiempo y los años habían ido pasando. Había tenido una vida plena, pensó. Y larga. Creía haber dejado cerrados al menos los pocos temas que tenía para cerrar antes de irse. En realidad daba igual si la había aprovechado o no, pensaba. Esas habían sido sus cartas y las había jugado como había podido. Era una gran mentira aquello de hacer de tu vida el mejor verso. Solo puedes limitarte a vivir. Punto. Y él lo había hecho. Nada más. Había pasado por aquí como era su obligación por haber nacido. Ya era hora de partir. A lo lejos se veían azules entre brumas de calor las hileras de montañas unas tras otras. Recordaba. Y sus recuerdos curiosamente no eran de lo reciente. De los últimos tiempos solo guardaba un cierto calor agradable de las charlas sobre sus abejas con aquel joven a través de su viejo ordenador. El resto de recuerdos cercanos eran suficientemente solitarios y tristes como para que su cerebro los aparcara por rutinarios para no clasificarlos entre los depresivos. No. En estos momentos, con el sol ardiente quemando su piel arrugada y vieja sobre aquella cama para sentirse vivo por última vez aunque fuera a través del desasosiego del calor intenso, su recuerdo se volvía a sus pocos momentos de plenitud y felicidad. Al recuerdo ya muy lejano de la hierba fresca bajo los pies y el agua fría en los labios. Al de una ramita de espiga en la boca mientras tumbado boca arriba en el prado miraba las estrellas. A sus abejas. Al del mar aún no crecido ni invadiendo las calles de las ciudades costeras. Al perfume de su madre. A la ensoñación sobre su supuesto padre. Al de los consejos del único progenitor real que había tenido. A su infancia.
El mundo era una mierda y estaba loco. Se dijo. La muerte era la verdadera reina de la vida y era la única que lo sabía. Mientras tanto los seres vivos deambulábamos zafios por aquí ingenuamente creyendo que lo estábamos y que éramos los protagonistas de algo.

No sabía si había una vida después. No tenía grandes esperanzas puestas en ello. Le hubiera gustado creerse la fábula de que allí, en algún sitio se reencontraría con su madre y el señor Lucién. E incluso, en su delirio, con su idealizado padre en lugar de con el verdadero. Al fin y al cabo ¿Por qué no? El delirio era el suyo y Dios era omnipotente según había dicho una vez el párroco en la iglesia hacía ya una eternidad.
En ese momento se percató de que divagaba en sus pensamientos y de que era el momento.

Todo estaba dispuesto. Solo restaba rendirse. Partir por fin. Descansar. Era extraño. No se lo había imaginado así. Con tiempo para despedirse y nadie de quien hacerlo. Con tranquilidad casi irritante para darse cuenta de lo que estaba sucediendo. Se apagaba. Por una parte no quería terminar, por otra se sentía cansado y tenía la curiosa creencia de que se lo debía a alguien. Alguien que quizás esperaba que él se fuera para venir al mundo. Ya le tocaba retirarse. Otra vez divagaba. Oía su propia respiración. Lenta. Suave. Ligeramente ronca. El aire entraba y salía de sus pulmones despacio y caliente. Apenas sentía ya el calor abrasador quemándole la piel. Su rictus no cambió. No hubo sonrisa provocada por un último pensamiento feliz ni nada parecido. No hubo tampoco estertor agónico ni doloroso, ni dolor agudo en el pecho, ni gesto violento, ni arquéo de la espalda, ni tensión final, ni manos engarfiadas. No intentó aferrarse a la vida ni renunció a vivir. Solo se acordó en el último instante de sus abejas. Solo cerró los ojos y se fue.

Fuera de la habitación, a la sombra, los panales bullían de actividad a esa hora. La colmena volvía de una de sus racias asesinas. Un cuervo que se había acercado demasiado había sido esta vez su víctima. En este momento del día, como cada día, se disponían a hacer sus tareas  normales libando y polinizando las flores de la zona.  Ya nadie las cuidaría. Sabían cuidarse solas.                  


y ya.

sábado, 7 de enero de 2017

EL PLACER DE ITACA


- Me alegran estos encuentros periódicos Arioc -dijo el ángel.
- Si, aunque nos hayamos acostumbrado a ellos desde hace tantos miles de años, lo cierto es que son necesarios para el equilibrio interno y yo los echo de menos cuando por alguna razón se retrasan -respondió el aludido.
- ¿De qué te apetece que hablemos hoy? -inquirió Ismael mirando con gesto displicente desde su atalaya privilegiada sobre la humanidad.
- Propón tú el tema -dijo el demonio-, ya que me has hecho subir es lo mínimo.
- Reflexionaba hace unos días sobre los cazadores. Los hay de dos tipos: aquellos que disfrutan con el hecho mismo de la muerte y los que lo hacen con el acecho. Para los primeros la persecución de la pieza es un precio a pagar, a veces incluso incómodo. Les basta con ese disparo último. Les basta con la muerte. Para los segundos lo de menos es el resultado final. Lo importante es el seguimiento en si mismo, las huellas, los rastros, la jornada, el compañerismo, sentirse vivos formando parte de la naturaleza.
- Interesante -apostilló Arioc arrellanándose para buscar la postura más cómoda de cara a una conversación inteligente-. La categorización entre procesalistas y finalistas. El eterno dilema que tan bien supo reflejar Kavafis en su poema.
- No hay juicio en mi elección del tema de hoy.
- Por supuesto. Esa es la regla de nuestras tertulias -confirmó el demonio.- Nada de bien ni mal, nada de opinión.. únicamente mirar a los humanos y tratar de entenderlos.
- Pero también me he dado cuenta de que esa no es una clasificación que valga siempre -reflexionó-. Nadie concibe una corrida de toros que sólo consista en la espada matando al toro. La esencia es el camino hasta ese momento.
- Pero es inconcebible sin el resultado final ¿O no?
- Ni nadie entiende a un opositor que solo estudie sin buscar el aprobado- rió Ismael.
- Muy cierto.
- Me he fijado en los dos tipos de amantes que tienen estos humanos. Responden a las mismas categorías: Los seductores que gozan del placer del reto hasta la consumación y los que se ven obligados a ello para conseguir lo que realmente quieren. Esos que solo quieren el placer postrero.
- Curiosa comparación Ismael. Efectivamente unos son cazadores dedicados al proceso, hedonistas que disfrutan más del camino que del premio. Otros hacen lo que sea, aunque no disfruten con ello, con tal de obtener aquel, que es verdaderamente la esencia de su deseo...-se detuvo un instante-. Pero es que estarás conmigo -prosiguió al cabo de un momento- en que es una meta poderosa en sí misma sin necesidad de más acompañamientos ni previas trivialidades.
- Eso encierra juicio por tu parte, creo. Y justifica a los violadores y los malos amantes que no quieren preliminares -rió el ángel abiertamente.
- Jajajajaja. Es verdad. Es difícil no caer en esa tentación. Al fin y al cabo soy lo que soy. Pero a mi no me engañas, son muchos años juntos;.. porque tú simpatizas con los primeros.
- Puede ser -reconoció- ¿Crees que son los mismos que encuentran mayor placer en documentarse para escribir un libro que en llenar de palabras las páginas en blanco una vez encontrados todos los datos? 
- O los que tocan el éxtasis mientras preparan un viaje durante meses soñando con los lugares que visitaran y cuando están allí sólo sienten la victoria de haber vencido sus miedos o de haber alcanzado sus metas.
- Piensa en los coleccionistas. Son ejemplo de los primeros en su mayor parte. Cuando completan sus colecciones las almacenan en sus cajones, sótanos y armarios y sólo de vez en cuando las sacan para su disfrute, o, expuestas, no las hacen apenas caso. Con lo que costó conseguir cada pieza...
- .. Te entiendo- afirmó Arioc-. Encuentran el placer en el itinerario, en el reto de conseguir sus codiciados elementos. No tanto en tenerlos en sí mismos.
- Y los que esperan meses y años una nueva obra de su autor favorito, de su torero, de su cineasta..
- O los que sueñan con premios y prebendas y una vez las obtienen no las gozan como las gozaron en su imaginación previamente cada noche al acostarse.
- Efectivamente. 
- Ese es otro buen tema. Otro día deberíamos hablar de la frustración de las expectativas.
- Ciertamente.

- ¿Y al cabo..no es esa la diferencia con mayúsculas entre unos hombres y otros? ¿No ha sido la que los ha distinguido durante eones de tiempo? ¿Esa que separa entre los que sólo tienen por meta la muerte (para bien o para mal, para la esperanza o la desesperanza) y los que son conscientes de estar viviendo la vida en cada momento sea cual sea el destino que les espera luego?

Y ya.

sábado, 3 de diciembre de 2016

LA FAUNA DE MI CALLE





















Trabajo ocho horas al día sentado de forma que quedo mirando a la calle. Una calle que está a dos metros de mi. Una acera por la que pasa a menudo la gente con sus conversaciones diarias, sus cuitas, alegrías y preocupaciones de barrio. Los ratos que levanto la vista de la pantalla para descansarla miro lo más lejos que las vistas me permiten durante un tiempo, o salgo a la puerta para cambiar de postura y de distancia focal.

En todos estos años el vecindario ha pasado ante mis ojos en sus variadísimas formas y colores.

Está el de la coleta y pelo largo del que os he hablado a veces. Ese que anda hacia atrás. Estaba el exhibicionista de la casa al otro lado del río del que también os conté hace años. Hace tiempo que no se de él. No se le echa de menos. Está el vecino del primero que baja a pedirme fuego a escondidas para que su mujer no se entere de que se echa el pitillo diario, el ecologista que se metió en el agua para evitar que la máquina limpiadora destrozara el fondo y a las especies, el policía municipal del barrio, las gitanillas que entran a preguntar qué se hace aquí y a pedirme pegatinas o la clave de la wifi, los yonkis que se pusieron una vez a pincharse en la misma puerta de mi oficina tras la compra hasta que los eché de allí y educadamente me pidieron perdón y se fueron, los vecinos que, hartos de que su barrio se fuera a la mierda sin que nadie hiciera nada, pasaban en procesión cada martes por la noche con sus turuletas y tambores reclamando que se fueran los camellos, los gitanos con su arte sentados en el banco de delante con un cajón y una guitarra a hacer maravillas sin que nadie les haya enseñado, la señora a la que he visto hacerse viejecita sin que la visitara nadie en diez años, arrastrando cada día las bolsas enormes de la compra, el joven que vuelve de hacer trabajos sociales en el servicio de limpieza del Ayuntamiento por condena por trapicheo, el coche que se para al otro lado del río siempre en el mismo sitio, toca el claxon y desde la ventana del primero le tiran una bolsita. Siempre es la misma ventana, nunca el mismo coche...

Está el vecino con el que nunca he hablado y que siempre al pasar gira la cabeza y me sonríe a modo de saludo, cada día, desde hace más de diez años. Está la que, cotilla, posa la visera de su mano en el escaparate para mirar dentro entrecerrando los ojos y se sobresalta cuando encuentra mis ojos mirándola desde dentro, están las noches que llegan pronto en invierno, las hojas que cubren el suelo en otoño, la niebla fantasmagórica que hace blanco el mundo, las colillas que me dejan a la puerta, las meadas de los perros con las que ya me he rendido, la luz de las farolas, el río que a veces crece y amenaza con desbordarse, los pescadores de nada que agotan ante mi mirada sus lunes al sol, el abuelo que mira a un lado y a otro cuidadoso antes de subir al nieto en el sillín de mi moto, el barrendero parsimonioso, las madres en fila de cochecitos hablando entre si de lo que pondrán hoy de comer, la gitana que debería estar jugando y pasa con un bombo de ocho meses contenta de que su chico la quiera o la pegue poco sin saber que le han robado el único mes de abril que tiene, el gitano adusto vestido de negro que balancea su bastón de patriarca seguido de tres señoras con tacones vertiginosos y abrigos de visón de vuelta del culto criticando al que ha puesto poco en el cepillo ese día, el botines chulo que se hace la acera de enfrente arriba y abajo fumando cigarro tras cigarro durante horas a diario dejando simplemente pasar el tiempo, los lloros interminables y horribles de un niño que llegan desde no se sabe donde y despiertan mis peores imaginaciones, las voces, las discusiones, el chino alto que anda deprisa seguido siempre a cinco pasos de su mujer, los tres musulmanes con sus chilabas que pasean amigables el viernes tras el rezo departiendo y parece que tratando graves cuestiones teologales en su lengua, el marroquí desocupado en el que ya me había fijado varios días por su pose reposada sentado en la parte superior del banco cada tarde, el único de la calle que corrió a ayudarme el día que se me cayó la moto al aparcarla, Mustafá, el negro delgado que entra a veces a que le ayude a actualizar su currículum pues ilusionado me cuenta que tiene una nueva entrevista, el mismo Mustafá que escapó de su casa y echa de menos a su mujer y a su hija, el mismo que aquí opta a trabajos de limpieza y allí era ingeniero, el mismo que habla cuatro idiomas,..

Está también el imbécil promesa de homicida por negligencia que pasa a 70 pisando el acelerador para ocasionar el mayor ruido petardero posible con su mierda tuneada por una calle que es carril bici y salida de colegio, la pareja de policías en moto patrullando silenciosos, la cartera que si alguna vez hablara de todo lo que ve a diario en sus entregas palidecería la mejor novela negra ante la sordidez asumida de su mirada, el día aquel que me crucé con una persecución a tiros entre coches de dos clanes, las redadas antidrogas, la abuela tatuada y reincidente vestida de negro hasta el moño que organiza los negocios familiares desde su casa sin ascensor de protección oficial, están los ciclistas que de tres en tres a primera hora de la mañana se van a disfrutar su jubilación haciendo deporte por el Esgueva pertrechados de cascos y mallots multicolores que llenan de lorzas sin complejos, el grupo de runners del barrio que salen a correr juntos con sus camisetas verdes contra el cáncer, los mormones, los testigos de jehová, los comerciales con sus trajes mal vestidos, sus corbatas manchadas y sus zapatos baratos explotados por la comisión de una venta imposible, los padres separados que van a la guardería tristes a recoger a sus críos y vuelven a pasar ante mí de regreso luego a los pocos minutos, alegres, disimulando o realmente contentos, con ellos a hombros,..

.. Y está el matrimonio más feliz del mundo con su hijo en su cochecito barato, que pasa cada día dándome envidia con su sonrisa mutua, su transparente tranquilidad de conciencia y su mirada de  "iremos haciendo frente a cada cosa según venga"..

..está el barrio en el que trabajo y sus gentes.

Y ya.



jueves, 24 de noviembre de 2016

OBSERVADOS: TESIS DE LA ACEPTACIÓN DEL VOYEURISMO INSTITUCIONALIZADO



Siguiendo instrucciones de las propias entidades y del comunnity manager de la policía nos agachamos y miramos con desconfianza en el cajero antes de marcar nuestra clave no sea que haya una cámara grabando los números que presionamos para conseguir acceso. Leemos en prensa cada día casos de mujeres que denuncian en vestuarios, baños públicos, probadores, etc. sentirse observadas o directamente haber encontrado tras una rejilla una cámara para grabar sus desnudeces. En Japón se convierte en epidemia el voyeurismo en diferido de los enfermos que graban desde un ángulo bajo a mujeres por la calle bajo las faldas, bajo las mesas de los restaurantes, en el transporte público.. Las autoridades empiezan a recomendar tapar la cámara web de nuestros equipos ante el alarmante crecimiento de denuncias por hackeo invasor de nuestra intimidad mientras nos creemos a salvo de miradas indiscretas en una aterradora versión de película de miedo. Por las calles proliferan las cámaras de control de tráfico, vigilancia de edificios, etc. hasta el punto de que las series policíacas de televisión ya acuden a sus grabaciones sin rubor como recurso de manera aburrida y constante demostrando la falta de imaginación de los guionistas haciéndonos creer (tal vez con razón) que nadie escapa en ningún momento de su mirada inquisitiva y probatoria. Y puede que sea cierto porque los informativos se llenan de imágenes de grabaciones desde joyerías, bancos, edificios públicos, gasolineras.. en que quedan recogidos los actos de los criminales y que son a las primeras pruebas a las que acude la policia en la investigación de los delitos junto a la localización por el teléfono móvil. Se ha convertido en una de las más comunes formas delictivas entre la gente la de pedir bajo chantaje imágenes comprometidas o usar estas una vez obtenidas para chantajear. Los radares nos fotografían impunemente en las carreteras...

Este verano una chica que repostaba delante de mi en una estación de servicio sufrió un golpe de viento que durante un glorioso segundo dejó al aire su culo al levantarle la falda. No habían pasado ni dos minutos desde que se fuera tras pagar cuando los trabajadores de la gasolinera estaban buscando la grabación. No estoy seguro de que no esté ya por internet.
El otro día un tipo denunció a las tabaqueras por usar sin permiso su foto enfermo en las cajetillas. Es este un mundo audiovisual en el que todo el personal lleva una cámara presta a grabar lo que le rodea, el imperio del selfie, y en el que los telediarios y los programas en general de la parrilla televisiva toda se nutren de imágenes y vídeos enviados por los espectadores.

Hace unos días unos amigos que me acompañaban a un acto entraron antes que yo al salón donde se iba a celebrar el mismo minutos después y, siguiendo sus instintos inmaduros, dios los guarde, estuvieron haciendo bromas simulando que robaban el premio protagonista de la jornada del estrado en el que estaba.  
Ellos no lo sabían pero se estaba retransmitiendo en streaming para toda España y todo el mundo pudo ver sus chanzas sin sonido.

Sospechosamente la aplicación que nos permite dictar textos a nuestro teléfono no funciona si no hay conexión a internet. Sabemos a ciencia cierta, así lo han reconocido los gobiernos mundiales después de que nos lo desvelaran confirmando nuestras sospechas Snowden y Wikileaks, que TODAS nuestras conversaciones por whatsapp, messenger, teléfono, navegaciones por internet, etc. son grabadas (y guardadas durante años) para efectuar barridos ¿aleatorios? en busca de elementos que atenten contra supuestas seguridades nacionales. Los twits de nuestra salvaje y alocada juventud son recuperados para ser arma arrojadiza en la lucha política..

Lo hemos aceptado todo por comodidad pues nos dan a cambio conectividad y supuesta tranquilidad. Nos sentimos colaborando en la lucha antiterrorista, aportando nuestro granito de arena en forma de cesión de nuestra intimidad.

Cuando Orwell se imaginaba como podía ser esto se quedaba corto.

..Y todavía va al tío de al lado mío en el semáforo y me pregunta to chulo ¡¿Y tú que miras?!

Y ya.



lunes, 7 de noviembre de 2016

NO HAY NADA TAN MARAVILLOSO... NADA

A nadie quiero dar lección de vida alguna. Solo digo lo que siento. Y siento sinceramente que si no has vivido lo que se siente no lo conoces todo. Y que para algunos entre los que me cuento es la felicidad absoluta y la causa que da razón a toda una existencia.


Que mirarse en otro ser y reconocerse en él es lo más maravilloso y alucinante que he sentido jamás. Que saber que en él sigues de algún modo cuando no estés, es la cima de todas las sensaciones. Que verlo crecer y añorarlo hasta mientras está a tu lado, mientras se va día a día de tu vera para vivir su propia vida, es a la vez el dolor más increíblemente genial que puede sentirse. Que no hay miedo como el miedo de lo que le pueda suceder a él. Muy por encima del que da lo que pueda sucederte a ti.
Que descubrir un día que para vivir una vida entera hacen falta dos vidas completas consecutivas. Que tú ya lo hiciste antes pues has vivido de algún modo la continuación de la de tu padre y que otra completará la tuya viviendo su propia vida a continuación de la tuya.

Que desde que yo recuerdo siempre quise ser padre.

Y ha merecido la pena. Cada instante.



"Le tienes delante y le echas de menos. Cuando no sabía escribir. Cuando se ponía de puntillas y sólo te llegaba hasta aquí de alto: justo a la altura del pecho. Cuando decía «'ranaceronte'» y «'nesecitar'». Cuando te tenía por alguien de fiar, por el mejor padre del rellano, por la mejor madre de la oficina, por un Jedi en vaqueros. Cuando le tirabas tiros con la pelota de espuma en el sofá del salón para que se hiciera palomitas y daba igual que se rompiera un jarrón. Porque él se rompía de risa. Le tienes delante y le echas de menos. Cuando te ametrallaba preguntando «¿por qué?» -durante cuatro horas seguidas, cabezón, como un Mourinho chiquitito- y no se conformaba con la pólvora de tu silencio. Cuando te venía en pijama con un cuento y te lo ponía encima como un recién parido. Sin preguntas. Porque entonces tú ya sabías. Cuando la vida era un grito y un desorden y unos cereales en concreto y una O con el rabito mal hecho y una lucha libre en la cama y un olor a Nenuco y un rayajo en la pared y tres termómetros perdidos en un solo mes y el Dalsy nocturno y siete colecciones de cromos sin terminar y un gorrito de baño como de muñeco y fin. Echas de menos sus rodillas sucias y que las tuyas no crujan. Echas de menos las cosquillas a traición y los sustos pactados. Echas de menos sus regalos horribles: el marco con pinzas de la ropa que no hubo huevos a colgar; un collar de garbanzos que parecía un rosario; aquel colgante-mariposa para el retrovisor que te tapaba media carretera. Echas de menos que ya se vaya acabando esto. Que hayan bajado la música. Que vayan apagando las luces. Echas de menos más.Le tienes delante. Míralo, sigue siendo un mocoso, todavía no ha tirado los peluches, si te esfuerzas con una buena historia todavía se caga de miedo. Pero le echas de menos. (...)

En 'El Mago', el académico argentino Isidoro Blaisten -que fue fotógrafo de niños y decía que para escribir bien necesitaba tener cerca una espada de Sandokán de juguete- explicó mejor que nadie la pérdida que lleva aparejado el final de la infancia. En una sola frase: «Sólo los niños creen. Pero los niños crecen». Una casa con hijos mayores o en el trance de serlo es una casa donde se va creyendo menos. Se empieza dejando de creer en el Ratoncito Pérez y se termina descreyendo de todo lo demás. «A veces quisiera regresar al preciso instante donde mis padres aún eran esos seres increíbles que todo lo podían», sigue Blaisten. «Mi madre desaparecía monstruos y brujas, mi padre construía castillos para mis muñecas y creaba de servilletas miles de mundos extraños y desconocidos. Pero después crecí y dejé de creer». Así que aquí estamos en el puerto algunos padres, muchos de cuarenta y tantos. Resignados con el viaje. Viendo partir un barco. Botando un hijo. Como ese familiar pesado que agita un pañuelo en el trance de la despedida. Como ese viejo amigo que se va a tener que conformar con recibir una postal de cuando en cuando. Cada vez más corta. Con una letra cada vez más extraña. Con un remite cada vez más lejano. Le tienes delante esta mañana de sábado. O de frente. O detrás. O al otro lado de esa vieja mesa de distancias kilométricas. Si estiras el brazo podrías tocarle. Y sin embargo le echas de menos."



Pedro Simón. El Mundo 27-2-16

viernes, 21 de octubre de 2016

NUESTRA PROPIA SEGUNDA ENMIENDA
























Escuchando estos días a los líderes de este país te puedes dar cuenta de que la cuestión no es fácil. Hay demasiado en juego. No solo la cuestión de fondo, que parece quedar en algo meramente anecdótico frente al debate sobre la libertad individual versus la ética implícita que conlleva. Ningún candidato a presidente ni partido nacional se atreve del todo a proponer su desaparición. Saben que pierden simpatizantes si lo hacen. Aunque se tiende a identificar su defensa con posturas conservadoras e incluso ultraconservadoras hasta los menos reaccionarios se resisten a enemistarse con sus defensores. Ni con los poderes económicos que hay tras ello (Porque es innegable que tras la actividad hay mucho dinero y grupos económicos de presión interesados). Todos son potenciales votantes. 

Para unos se trata de una cuestión de ética, para otros un derecho. Las posturas se polarizan y son muy viscerales. Nadie entiende los argumentos de la otra parte. Son, según cada cual, tan claros los argumentos en defensa de su postura que no conciben los de la otra. Y sus detractores son tachados de enemigos de la libertad individual al grito de "Si no quieres no lo hagas pero déjame a mí hacerlo". Para aquellos por su parte sus defensores son poco menos que consentidores de asesinato o peor. Sus bandos están enfrentados. Hay figuras y celebridades en cada uno de ellos defendiendo vehementemente sus respectivas posiciones. Son miles en cada lado. Y ambos se creen en posesión de la verdad. Se producen manifestaciones públicas en su defensa o contra ella. 

Sus aficionados lo identifican incluso con una cuestión de esencia nacional. Un símbolo de un país, una cultura, una forma de ver la vida. Hay partes del país en que lo consideran tan propio que se ha convertido en todo un símbolo de esa zona. Hay otras en que se  han dictado leyes para limitarlo o incluso eliminarlo. La cuestión se ha convertido en centro de la controversia política. Hasta geográficamente dentro del país dividiendo territorios aunque dentro de cada uno de ellos haya a su vez gente a favor y en contra. Sus bandos se han posicionado ante el público como defensores de la modernidad y el progreso unos y de la tradición otros. Y nadie admite que lo otro pueda ser cierto.

No cabe duda de que conlleva una enorme carga estética que hasta supone cierta erótica.
Tiene mucho que ver con el éros y el tánatos. Mucho que ver con la muerte.

De lo que no cabe duda es de que mueren personas cada año.

(Para hacérselo mirar. Volver al principio del texto)