Hasta que no lo vi con mis propios ojos siempre creí que era una leyenda que circulaba entre marineros, una excusa para un relato de Julio Verne. El rayo verde, ese último destello que se puede apreciar por unas décimas de segundo justo en el momento exacto del ocaso sobre un horizonte de mar despejado, es una buena metáfora de la muerte. Si se nos concediera un último rayo verde en forma de cuestión "¿Fuiste feliz?" la mayor parte de la gente no podría contestar que sí. Y me pregunto qué otra razón de ser tiene la existencia si no es poder contestar afirmativamente a esa pregunta final.
Cosa distinta es la razón por la que quien dijera que lo fue pudiera decirlo. En todos los casos sería cuestión de las expectativas. Habrá quien mire atrás y vea una vida plena y satisfecha. Habrá quien mire su personal balanza y en ella pesen más los buenos momentos que los malos y eso le satisfaga. Habrá quien vea logros y metas alcanzadas. Quien vea recuerdos de risas y alegrías. Quien mida su éxito vital en deberes y obligaciones cumplidas, en hijos bien criados, en aportaciones a la humanidad, en herencias dejadas,. Cada cual tiene su propio rayo verde.
Y es curioso que no sea único sino diverso, y que lo que a uno le suponga la medida de su vida para otro no sea absolutamente nada. Que quien cifre la intensidad de su rayo verde en las riquezas obtenidas pueda no valorar en lo más mínimo la cantidad de amigos que le lloren cuando no esté. Y al revés.
Y ya.
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